lunes, 16 de agosto de 2010

Almería imaginaria (5)

A las puertas del pequeño supermercado de Níjar al que acudo casi a diario a hacer algunas compras me encuentro con un ciudadano subsahariano que, instalado a la entrada del comercio, trata de ganarse la vida de la mejor manera, esto es, custodiando los carritos, ayudando a quienes salen del mismo muy cargados o, simplemente, desplegando una amplia y blanca sonrisa al tiempo que saluda. Según me comentó uno de los días, vive en Almería desde hace un par de años, cuando arribó en una patera a la playa de Carboneras. Manu Ndiaye, como así se llama, procede de Senegal y, antes de plantarse en Níjar, trabajó algunos meses en los invernaderos recogiendo fruta y también como mantero en las zonas turísticas. Aunque su situación es irregular, asegura sentirse tranquilo. Nadie le molesta y él no molesta  a nadie. 

Una mañana, mientras paseaba con mi perra, decidí entrar al supermercado a comprar algo para desayunar. Le pedí que vigilara al animal mientras yo permanecía dentro. A cambio, le di un euro. Cuando me disponía a pasar, me interpeló: 

-¿Tan poco valoras a tu perro, que sólo me das una moneda? ¿Y si viene alguien y me entrega dos euros, se lo puede llevar? 

Ante el temor a que ocurriera lo que Manu anticipaba, cogí a la perra y regresé a casa, sin reclamar mi dinero. Sin querer, y a un módico precio, había recibido una lección. 

Ahora, sigo entablando breves conversaciones con él, pero he decidido ir solo a por los alimentos. Por lo que pudiera pasar...

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