domingo, 1 de agosto de 2010

Un tal Logan


Un tal Logan toma un whisky, con mucho hielo, mientras espera sentado, en el garito al que acude a diario, la llegada de un confidente. Repasa mentalmente los últimos acontecimientos en los que se ha visto implicado, desde el atropello de un inocente, hasta el tiroteo en el que intervino minutos antes de entrar en este sórdido antro. Rechaza la compañía femenina que, solícita, se le ofrece. Quiere estar solo. Necesita estar solo....La acción se interrumpe en el momento en que expresa su disgusto por el ofrecimiento de una mujer a la que conoce desde hace tiempo y que sabe de sobra su poca predisposición al amor de pago en horas de servicio.

El resto de la historia -como sus antecedentes- queda a expensas de la imaginación de cada uno. Una hoja, separada del resto de una novela, seguramente policiaca, de escaso valor literario, de la que desconozco el título y el autor, aparece junto a mi coche. A su alrededor, ni resto del libro del que ha sido arrancada. Quizá, alguien la tiró, después de leída, en el contenedor de papel que está unos metros más allá y del que parece haber huido en busca de una segunda lectura.

Esa interrupción, que va acompañada de un secreto estímulo, me recuerda las muchas veces en que, por casualidad, he tropezado con fragmentos de conversaciones callejeras. Y cómo, después, trato de reconstruirlas, imaginar a sus protagonistas y continuarlas, en lo que no es más que un juego, una travesura.

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