
miércoles, 30 de junio de 2010
Subjetividad



domingo, 27 de junio de 2010
De la tradición




miércoles, 23 de junio de 2010
¿Olvidar? No




domingo, 20 de junio de 2010
Wiesel/Semprún



sábado, 19 de junio de 2010
José Saramago



viernes, 18 de junio de 2010
Gonzalo González



martes, 15 de junio de 2010
Silencios tangerinos




lunes, 14 de junio de 2010
Gracias, Lemmy

Los conciertos de Motörhead son una orgía de sonido, una apabullante sucesión de temas interpretados a una velocidad imposible para cualquiera salvo para, quizás, las bandas de gitanos centroeuropeos. No hay tregua, no hay descanso. Un ritmo infernal que ha convertido a Motörhead en los pioneros del Speed Metal, en los Ramones del Hard Rock. En definitiva, en únicos.
Sombrero de oficial del ejército de la Unión y camisa y pantalón negros, Lemmy volvió a demostrar esta noche, sobre el escenario del Rock in Rio, que el rock'n roll no tiene edad, que hablar de dinosaurios en la música es una soberana gilipollez y que cuando uno está a punto de ser declarado inútil laboral, todavía le quedan energías suficientes para poner a unos cuantos miles de ciudadanos a botar y a escupir adrenalina.
Lemmy Kilmister en estado puro. Y por mucho tiempo. ¡Que tiemblen otros!



domingo, 13 de junio de 2010
Juegos de palabras





viernes, 11 de junio de 2010
Pilar Méndez



jueves, 10 de junio de 2010
Oradour-sur-Glane

Para que las generaciones siguientes no olvidaran el horror, se decidió que las ruinas a las que había sido reducida la villa se conservaran como si de una foto fija se tratara, como si el tiempo se hubiera detenido para siempre un 10 de junio de 1944. Como escribiera Luis Cernuda, "recuérdalo tú y recuérdalo a otros". Cada año, miles de personas recorren a pie ese conjunto fantasmal convertido en símbolo de la barbarie nazi y rinden tributo a las víctimas. En las cercanías se levantó el nuevo Oradour-sur-Glane. El 10 de junio de 1947, Vincent Auriol, entonces presidente de la República Francesa, colocó la primera piedra de la que hoy es una tranquila y típica población de la región de Limousin.



lunes, 7 de junio de 2010
Américo Vespucio


domingo, 6 de junio de 2010
Saliers (Camargue)
De aquel campo de reclusión, en el que los internos vivieron en condiciones de hacinamiento e insalubridad, y en el que muchos perdieron la vida, no queda ningún rastro. El único recuerdo de aquella ignominia, del sufrimiento de aquellas familias gitanas, es un pequeño monumento, a pie de carretera, en el trayecto entre las pequeñas localidades de L´Albaron y Saint-Gilles, a muy pocos kilómetros de las turísticas Arles o Nîmes. Nada más. En él se representa una figura humana que, guitarra en mano, parece salir a través de dos grandes trozos de muro, alcanzando la libertad. En la base de la escultura, una placa en la que se lee:
“Campo de gitanos de Saliers
Junio 1942-Agosto 1944
Aquí bajo la autoridad del régimen de Vichy fueron internados 700 nómadas”


sábado, 5 de junio de 2010
Giorgio Morandi
Ahí está el creador italiano retirándose las gafas para fijar su vista de miope en esas formas que, una vez dispuestas convenientemente sobre la madera, llevará a continuación al lienzo, al papel o a la plancha metálica, creando unas composiciones en las que, además de quietud y silencio, el espectador descubre el sublime reflejo del espíritu humano.
No en vano, el también pintor Cristino de Vera, siempre generoso en sus calificativos con los grandes maestros, se refiere a él como a uno de los pintores del alma, como a alguien tocado por la secreta luz del espíritu. Un “mensajero del milagro” que llevó siempre consigo el “silencioso y musitado aliento de la luz”. Palabra de uno de los máximos exponentes de la pintura mística, de quien ha vivido comprometido con la espiritualidad de la creación.
Unas pocas obras de este artesano del alma se exponen ahora en Madrid. Son tan sólo tres acuarelas y doce aguafuertes, fechados entre 1927 y 1962, que cuelgan de las paredes de la Fundación Juan March. Suficientes, sin embargo, para que las retinas miren de cerca la luz de la poesía, para experimentar, por unos instantes, el éxtasis de la contemplación


miércoles, 2 de junio de 2010
Louis Hasend



martes, 1 de junio de 2010
Max Ariel
Me viene a la memoria su imagen de hombre derrotado, postrado como estaba en la cama de un hospital de las afueras de la ciudad, de un sanatorio casi olvidado en un mapa que nadie consultaría porque hasta allí sólo eran trasladados quienes habían sido desahuciados por el Sistema Nacional de Salud, los incurables para los que las multinacionales del medicamento no habían patentado aún remedio alguno, con ese rostro perfilado, adivinatorio, de quien está siendo devorado desde dentro por su propio cuerpo, sin apenas fuerzas para repetir, otra vez más, su historia, la historia de quien en un tiempo ya distante se sintió triunfador, arrastrado por la euforia colectiva, por la emoción de la victoria de sus semejantes de clase pero que, en apenas unos pocos años, muy pocos, comenzó un peregrinar que lo llevó, primero, a atravesar a pie la frontera junto a interminables riadas de compatriotas que trataban de huir de la barbarie, de un frío helador y de una muerte segura e incomprensible por absurda, luego a combatir en un ejército y en una guerra que le eran ajenos y, al final del cansancio bélico, a regresar con la esperanza de que se hubiesen olvidado de él o de que su rostro no fuera reconocido por cualquiera en la pequeña ciudad de provincias en la que decidió refugiarse a sabiendas de que la delación era un acto que los nuevos gobernantes, usurpadores de un poder que se había hecho añicos por las bombas y por las rencillas internas, celebraban con felicitaciones y prebendas para el chivato y mano dura, cuando no balas, para el acusado de traición.

La suerte, tan esquiva hasta entonces, le sonrió durante años, los que pasó en aquel pueblo alejado del trajín de la capital, de la que prefirió mantenerse alejado para evitar, así, los evidentes riesgos de tentar a un destino que, en ningún caso, se pondría de su parte, aunque para ello debió hacer de la renuncia una virtud y prescindir de todo aquello que lo hacía feliz, como acudir a una de aquellas salas en las que, en una oscuridad interrumpida demasiadas veces por un acomodador que se jactaba de lucir uniforme y gorra por su condición de excombatiente mutilado en un acto de servicio a la Patria, a Dios y al Caudillo, podía poner sus recuerdos en un orden que la memoria, tantas veces aliada, ahora se resistía a aceptar de buen grado, y él, un poco antes de que aparecieran sobre la pantalla las palabras The End, salía presuroso, casi como si huyera, por temor a ser reconocido por cualquiera de aquellos espectadores, igual de miserables que él, pero esperanzados con la posibilidad de hacer un servicio al nuevo orden y ser recompensados generosamente.
La última vez que lo visité en aquella habitación desprovista de afectos, Max Ariel ya se anunciaba como un cadáver, apenas un hilo de voz salía de una garganta tan castigada por el tabaco como por la enfermedad y, sin embargo, alcanzó a pedirme que me llevara la maleta que durante semanas había permanecido bajo la cama, motivo de queja diaria por parte de unas mujeres que renegaban de aquel objeto ya inservible que les importunaba al realizar sus cotidianas tareas de limpieza –“¿por qué no la tira a la basura, si usted ya no la va a necesitar? ¿O acaso quiere llevársela consigo cuando visite a San Pedro?”- en el que él había guardado lo más preciado de aquel pasado al que acudía una y otra vez, sin descanso, como si trayéndolo al presente recuperara las fuerzas juveniles ya demasiado lejanas.
No he querido abrir aquel objeto de cuero raído y color indefinido que a él lo acompañó durante años y que yo decidí guardar en el fondo de un armario tan pronto llegué a casa, de vuelta del hospital, para impedir que su contenido acabara por hacerme creer que Max Ariel y yo teníamos un lazo afectivo más allá del que se adquiere cuando uno es, simplemente, el encargado de alimentar a los que se agarran inútilmente a la vida, a pesar de que el diagnóstico médico no deja lugar a dudas ni especulaciones.

