El libre ejercicio de la crítica -literaria, musical, cinematográfica, deportiva...-, sin servidumbres de ningún tipo, refleja la buena salud de los medios de comunicación en los que se expresa. Del crítico, un especialista en su materia, esperamos honestidad, criterio, profesionalidad, pero no objetividad. Su opinión, lógicamente, está marcada, lastrada -en el buen sentido de la palabra- por sus gustos, sus experiencias, pero también, y sobre todo, por sus conocimientos. Eso la distingue de la de cualquier ciudadano de a pie, de un mero aficionado. Y en una crítica queremos encontrar coherencia, exquisita redacción -a ser posible-, respeto y juicios fundados, que no descalificaciones gratuitas.A uno puede no gustarle el último libro de Bernardo Atxaga, la entrega más reciente de Diego El Cigala, el concierto de hace unos días de Joaquín Sabina en Las Ventas o la esperadísima película de Almodóvar. Y puede expresarlo públicamente en las páginas de un periódico, en las ondas o a través de la red. Si quien la lee o la escucha confía en hallar en ella el reflejo exacto de las impresiones que le produjo el libro, el disco, el partido de fútbol o la exposición, y en el crítico a una alma gemela con la que comulgar, se ha confundido de género periodístico. Despotricar contra el profesional porque no ha escrito al dictado nuestro, no es más que una manifestación de intolerancia y desprecio por el parecer ajeno, más propio del régimen de Pol Pot. Y aprovechar que se cuenta con una columna de opinión en un medio de difusión nacional para insultar a un crítico, un acto de malas artes periodísticas.
El crítico está para hacer críticas, no para reirle las gracias a los artistas, deportistas o espectadores. Basta con no tomarlas en cuenta para no hacerse sangre. Tan sencillo y tan difícil...para algunos.
