Mostrando entradas con la etiqueta Sociedad de Autores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sociedad de Autores. Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de enero de 2011

Expolio digital

Mi intención era hablar hoy de lo injusta que es la historia de la literatura, de cómo da la espalda, de un día para otro, de forma incomprensible, a escritores que han hecho las delicias de generaciones enteras. Mi idea era recordar y rendir tributo a autores como Emilio Salgari, Karl May o Giovanni Papini, nombres que me acompañaron durante mi infancia y adolescencia,  novelistas que alcanzaron la gloria en un momento determinado pero que, por circunstancias inexplicables, hoy han caído en el más injusto de los olvidos o son reeditados, cuando lo son, por pequeñas editoriales que se atreven a jugarse sus pocos recursos imprimiendo unos volúmenes destinados, más que a nadie, a nostálgicos como yo, que disfrutamos con la lectura de sus novelas y cuentos cuando éramos apenas unos niños con ganas de vivir las mismas aventuras que aquellos héroes de ficción.

Detrás de las obras de aquellos admirados literatos -como del resto de autores, ya sean novelistas, poetas, dramaturgos, cineastas, músicos o coreógrafos- había y hay mucho talento, pero también dedicación, esfuerzo y trabajo, muchísimo trabajo. Sin embargo, hoy muchos creen que esas creaciones, que forman parte de nuestro imaginario colectivo, valen lo que un simple clic de ratón, que su precio se reduce al tiempo que tarda en ser descargada impunemente de algún servidor o de alguna página por la que terceros se lucran sin que a ellos les cueste nada. Y hoy muchos siguen queriendo que creamos que lo que está en juego no es la creación, sino la libertad de expresión y ese concepto tan versátil y de fácil recurso como la neutralidad en la red. ¿Por qué recurren a eufemismos cuando lo que tratan de amparar es el expolio digital, el robo a manos llenas? 

viernes, 17 de diciembre de 2010

Hasta siempre, maestro

Un grupo de hombres rompe en llanto en cuanto aparece el féretro a las puertas de la Sociedad de Autores. Y, entre lágrimas, con los rostros marcados por un dolor irreprimible, suben a hombros, casi a rastras porque aún no se lo creen, los restos mortales de alguien a quien querían, por el que sentían una profunda admiración, además de un gran cariño, hacia una sala, habituada a las presentaciones, a las celebraciones, y ahora convertida en improvisada capilla ardiente, en donde se masca el sufrimiento por una pérdida inesperada, injusta e incomprensible como su propia muerte, como la propia muerte. Y comienza el desfile de ciudadanos, muchos de ellos conocidos, la mayoría anónimos, no pocos compañeros de profesión, algunos oportunistas, como ocurre siempre que el fallecido es popular, que quieren dar su último adiós al que les dio algo inolvidable mientras vivía. Da igual qué les regaló, si esa ofrenda les colmó, si los hizo mejores. El cante desgarrado, la  poesía  engrandecida por la jondura. Él, que buscaba la estrella que le guiara para meterla muy dentro de su pecho, la encontró en el camino para que le iluminara el último paseo. Él, que persiguió la verdad y huyó de los odios, de las mezquindades. Él, que también quiso ser llorando el hortelano, el compañerico del alma, a quien dolía el aliento. Él, que fue voz del pueblo. Él, que como Ignacio, murió cuando apuntaban las cinco de la tarde. Él, único, como arrancado de una pena, nos volvió más infelices esta semana. No necesitó marcarse una vidalita, una malagueña o una soleá para hacernos llorar. Bastó con que se marchara y nos dejara, huérfanos, con el recuerdo de su voz, de su desgarro. Ahora, nadie nos regalará ya un pequeño vals vienés, ni tampoco unos tangos de la vida, ni unos versos de Lorca o Hernández. Nos dijo que prefería la muerte, pero no era cierto, porque fue más amigo de los tientos que de los silencios. Tendrá que haber un camino...y en él volveremos a encontrarlo. Hasta siempre, maestro. Hasta siempre, Enrique.