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sábado, 5 de noviembre de 2011

La crítica, el crítico y el criticado

Si uno pregunta a un escritor, cineasta, artista plástico, actor, músico, arquitecto, director teatral, etc., qué le parecen las críticas que se publican en los medios de comunicación sobre sus obras de creación, a buen seguro que le responderán que son inevitables, necesarias y que, de no existir, habría que inventarlas. Lo que no le dirán es que cuando uno habla de crítica, esto es, del "examen y juicio acerca de alguien o algo y, en particular, el que se expresa públicamente sobre un espectáculo, un libro, una obra artística, etc.", como la define la RAE, ellos están entendiendo, en realidad, elogio, apología, alabanza, ensalzamiento y cualquiera de sus sinónimos. Y, en ningún caso, opinión negativa, reproche o reprobación. 

Y si no, que se lo planteen a Bernardo Atxaga en su polémica con Ignacio Echevarría, a Pedro Almodóvar cada vez que Carlos Boyero expresa lo que le parecen las películas del director manchego o a Joaquín Sabina, que acabó echando mano de Almudena Grandes para replicar la crónica de uno de sus conciertos en la plaza de toros de Las Ventas. La última salida de tono la ha protagonizado el cantautor tinerfeño Pedro Guerra, al que disgustó tanto lo que de su paso por el Arteria Coliseum de Madrid dijo Fernando Neira en El País, que se atrevió a escribir una "Crítica de una crítica" en su blog personal, que rezuma, básicamemte, resentimiento, ensañamiento y victimismo y de cuya lectura se concluye que es, cuando menos, patética.

El apóstol de la tolerancia y el buenrollismo ha demostrado en esta ocasión tener poca cintura, encajar de muy mala manera los golpes, emplear artimañas inapropiadas y lo que es peor, no saber perder. Nada nuevo, por otro lado. Vanitas vanitatis.

miércoles, 30 de junio de 2010

Subjetividad

El libre ejercicio de la crítica -literaria, musical, cinematográfica, deportiva...-, sin servidumbres de ningún tipo, refleja la buena salud de los medios de comunicación en los que se expresa. Del crítico, un especialista en su materia, esperamos honestidad, criterio, profesionalidad, pero no objetividad. Su opinión, lógicamente, está marcada, lastrada -en el buen sentido de la palabra- por sus gustos, sus experiencias, pero también, y sobre todo, por sus conocimientos. Eso la distingue de la de cualquier ciudadano de a pie, de un mero aficionado. Y en una crítica queremos encontrar coherencia, exquisita redacción -a ser posible-, respeto y juicios fundados, que no descalificaciones gratuitas.

A uno puede no gustarle el último libro de Bernardo Atxaga, la entrega más reciente de Diego El Cigala, el concierto de hace unos días de Joaquín Sabina en Las Ventas o la esperadísima película de Almodóvar. Y puede expresarlo públicamente en las páginas de un periódico, en las ondas o a través de la red. Si quien la lee o la escucha confía en hallar en ella el reflejo exacto de las impresiones que le produjo el libro, el disco, el partido de fútbol o la exposición, y en el crítico a una alma gemela con la que comulgar, se ha confundido de género periodístico. Despotricar contra el profesional porque no ha escrito al dictado nuestro, no es más que una manifestación de intolerancia y desprecio por el parecer ajeno, más propio del régimen de Pol Pot. Y aprovechar que se cuenta con una columna de opinión en un medio de difusión nacional para insultar a un crítico, un acto de malas artes periodísticas.

El crítico está para hacer críticas, no para reirle las gracias a los artistas, deportistas o espectadores. Basta con no tomarlas en cuenta para no hacerse sangre. Tan sencillo y tan difícil...para algunos.