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viernes, 25 de marzo de 2011

Y ahora, ¿qué?

Ahora que se ha escarmentado al sátrapa libio, pero que está claro que lo de ponerlo de patitas en la calle no está dentro de las previsiones de la coalición que el aprendiz de Napoleón lidera, ¿qué? Ahora que Bashar al Asad ordena a sus tropas que siembren las calles de Damasco, Deraa y otras ciudades sirias de muertos, ¿qué? Ahora que el dictador yemení  Ali Abdalá Saleh hace oídos sordos a un pueblo que lleva meses clamando libertad, ¿qué? Ahora que la Plaza de la Perla de Manama (Bahrein) es un solar vacío en el que no resuenan ya ni los ecos de las protestas ciudadanas, ¿qué? Ahora que también Jordania se suma a la lista de países en que el pueblo reclama democracia y reformas sociales y politicas, ¿qué? Ahora que el mero anuncio de cambios en Marruecos es recibido como si ya se hubiera producido una transformación, ¿qué? Ahora que Mohamed Bouazizi es el nombre casi olvidado de alguien que quizá nunca creyó que con un gesto suicida provocaría una ola de revueltas en el mundo árabe, ¿qué? Ahora que la ilusión y el optimismo de estos últimos tiempos se tornan lentamente en desesperanza y decepción, ¿qué?

Y ahora, ¿qué?

jueves, 3 de febrero de 2011

Aznar se traviste de Chateaubriand

José María Aznar no ha ocultado nunca su odio visceral hacia los árabes, hacia el mundo musulmán. De ahí que, cuando Blair y Bush se apuntaron a libertadores del pueblo iraquí, el ex presidente corriera, como a quien persigue el diablo, a fotografiarse en las Azores. No fuera a ser que el tirano Sadam ocultara las inencontradas armas de destrucción masiva. Y ahora que en algunos países islámicos, como Túnez, Egipto, Jordania o Yemen, sus poblaciones salen a las calles a reclamar libertad y democracia, el  que fuera inquilino de La Moncloa no duda en sacar a la luz sus viejos fantasmas y supeditar las ansias de esos ciudadanos a los intereses de Europa y Estados Unidos

Quizá a nadie deba sorprender que Aznar retome ahora las ideas del timorato aristócrata francés Chateaubriand, quien, al interpretar a principios del siglo XIX las reformas de los otomanos, consideraba que civilizar Oriente implicaba extender la barbarie en Occidente. Esto sólo puede tener un significado, que no reside precisamente en la posición del ministro de Exteriores del rey Carlos X, sino en la tentación de Aznar, quien lleva tiempo intentando rescatar para los occidentales una identidad primaria, esencialista, excluyente y estática y olvidando que mientras una Europa medieval vivía en la sombra, otra lo hacía en la luz. 

Le guste o no al presidente de la FAES, aquella Al Andalus y su unidad político-territorial, que luego será España, le ha demostrado a la historia europea que los árabes conocieron la modernidad mucho antes que la Europa cristiana, precisamente llamada moderna. Y los árabes, quiera o no José María, son herederos directos de la Grecia clásica, cuna de la democracia. Y aunque los árabes se han olvidado de ella, como dice el refrán castellano, quien tuvo, retuvo. ¿O es que acaso los europeos siempre hemos sido democráticos? Eso sí que es echarse un farol. 

jueves, 27 de enero de 2011

Mohamed Bouazizi (2)

Durante la movida madrileña, Glutamato Ye-Yé cantaba un divertido tema que anunciaba que Oriente estaba insurgente. Hoy, muchos años después, se cumple aquel presagio del grupo que lideraba Iñaki Fernández. Desde que el joven vendedor Mohamed Bouazizi se inmoló en Túnez, convirtiéndose en el principal mártir de la Revolución de los Jazmines, las protestas populares se han extendido por varios países árabes y amenazan con prender en el resto. A Túnez siguieron Argelia, Jordania, Egipto y ahora, Yemen. Parece que el movimiento no se detiene, a pesar de la represión ejercida  por los temerosos monarcas absolutos y los presidentes vitalicios, que empiezan a sentir que la camisa no les llega al cuello y sospechan que pronto se convertirán en compañeros de exilio de Ben Alí. Las imágenes de las manifestaciones de El Cairo, Suez o Sanaá, como antes las de las principales ciudades tunecinas, reflejan el malestar de unas poblaciones  hartas de su progresiva miseria y del enriquecimiento ilícito de las élites políticas. 

Occidente calla, como siempre, interesado como ha estado en sostener durante décadas a estas dictaduras. Pero no menos que los integristas, cuyas tesis encontraban en la opresión un magnífico caldo de cultivo y a los que la posibilidad de que se establezcan democracias asusta tanto como a los sátrapas actuales. Unos y otros tienen la impresión de que pueden perder su chiringuito, ya sea económico, político-militar o ideológico. 

Y mientras se suceden los acontecimientos a toda prisa, casi tanta como la que se vivió a partir de 1989 en el Este europeo, tras la caída del Muro de Berlín, la familia de Mohamed Bouazizi sigue llorando su muerte. Lástima que quien encendió la llama de la rebelión no pueda presenciar los efectos devastadores de su valiente aunque suicida acción.