Mostrando entradas con la etiqueta Libertad de expresión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libertad de expresión. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Hipocresía periodística

Tirar la piedra y esconder la mano. Con una frecuencia cada vez mayor y más vergonzosa, los medios de comunicación se han apuntado a la moda de generar polémicas o escándalos y, posteriormente, cuando ya el polvorín ha estallado y la alarma social se ha desatado, recoger velas, rasgarse las vestiduras y preguntarse sobre los límites del periodismo y, por ende, de la libertad de expresión. Por lo visto, no debe parecerles deontológicamente correcto -por aquello de la autocensura- imponerse barreras y no traspasarlas en ningún caso.

Nos regalan imágenes truculentas o atrevidas, nos hacen escuchar grabaciones innecesarias y de escaso valor periodístico pero de un beneficioso morbo o nos torpedean durante semanas con anodinas y anecdóticas informaciones que llevan a portada para, a continuación, cuestionarse dónde debe el profesional del periodismo establecer la línea fronteriza. Da igual que se trate de una princesa en topless, de una atrevida anciana con vocación de artista plástica o de las voces de unos pilotos en los momentos previos a la explosión de su aeronave. Todo vale...hasta que, por extrañas razones, les vence el pudor o la vergüenza e inician una etapa de arrepentimiento...hasta la ocasión siguiente. No vaya a ser que la competencia les robe lectores, oyentes o telespectadores por no estar, como diría el viejo profesor, al loro.  


domingo, 6 de marzo de 2011

Anonymous


No sé si es fruto de la imperiosa necesidad de socavar, aunque sea un poco, los cimientos de los sistemas occidentales y dejar que entre el aire y limpie los rincones y las telarañas, como cantaba Labordeta, o el resultado de un ejercicio de ingenuidad, pero convertir en justicieros, en héroes modernos -algunos incluso los tratan como los superhéroes de los cómics- a quienes se parapetan para hacer de las suyas tras el anonimato que les da Internet, tras la denominación genérica de Anonymous y de la imagen de un conspirador católico inglés, es, a mi juicio, una temeridad, por no ahondar en otros sustantivos menos favorecedores.

Individuos anónimos que, cuando se trata de dar la cara y hacer acto de presencia, lo escenifican en un número tan, tan reducido que resulta hasta cómico, por no decir patético. Para reclamar la dimisión de la ministra y exigir que se revoque la llamada Ley Sinde, se presentaron unos doscientos sujetos, ocultos tras la máscara de Guy Fawkes, a las puertas del Teatro Real en la gala de los Goya, profiriendo insultos y lanzando huevos a los invitados, en un gesto que el cantautor uruguayo Jorge Drexler tildó, con muchísima razón, de "fascismo de la prepotencia". Hace un par de días, medio centenar, con las mismas reivindicaciones, se plantó ante la sede del PSOE en Madrid. Y esos cincuenta individuos, igualmente uniformizados por la ya célebre careta, proclamaron, sin ningún pudor, a través de un manifiesto, que son el pueblo. Curiosa manera de apropiarse de la soberanía popular. Cada nueva actuación de este colectivo reafirma las palabras de Drexler. 

Menos mal que en las revueltas populares que se suceden desde hace semanas en los países árabes, son los ciudadanos, en un número de miles, de centenares de miles, los que se lanzan a tomar las plazas, a reconquistar el poder y expulsar a los tiranos. Si en Egipto, Túnez y Libia hubieran tenido que esperar al ciberactivismo de Anonymous para echar a los dictadores, aún estarían campando a sus anchas los Ben Alí y Mubarak, y Gadafi seguiría instalando sus jaimas en los países en donde actúan los anonymous  internautas, en lugar de combatiendo la rebeldía de los libios. 

La Historia nos ha enseñado que las revoluciones se producen en las calles y no frente a la pantalla de un ordenador. Por mucho que algunos se empeñen en lo contrario.

miércoles, 26 de enero de 2011

Expolio digital (2)


Cuentan que hace algunos años, cada vez que el dramaturgo Miguel Mihura acudía a su carnicería habitual, el carnicero le pedía un par de boletos para alguna de sus exitosas funciones, a lo que el dramaturgo madrileño respondía : "cuando usted me dé dos filetes, yo le entrego dos entradas a cambio". El vendedor de carne nunca fue al teatro, al menos a costa del trabajo de don Miguel. A aquel comerciante le ocurría lo que a muchos en la actualidad, que consideran que lo intangible, lo inmaterial carece de valor, que creen que una obra artística no es más que el resultado de la inspiración y no del esfuerzo y el tesón, que entienden que las creaciones, llámense canción, película o videojuego, por el mero hecho de poseer un ordenador y una línea ADSL, les pertenecen. 

Pero claro, al igual que don Miguel Mihura, no todos están dispuestos a ser víctimas del robo en la red, justificado bajo la falacia de la libertad de expresión, la neutralidad o, lo que es peor, el progreso tecnológico y el desarrollo de la sociedad, por no aludir al acceso universal a la cultura. No hace muchos días, el cantautor tinerfeño Pedro Guerra, al que muchos conocerán por su crítica posición con el canon digital, además de por sus muchas y buenas canciones, recordaba que regalar lo que no es de uno, no es, ni ha sido nunca, un derecho fundamental. Por mucho que algunos se empeñen en lo contrario. Seguramente, Pedro Guerra ya es enemigo de quienes no respetan la propiedad ajena. Y, sin duda, Miguel Mihura ya habría sido víctima, de seguir entre nosotros, de infinitos comentarios en Twitter o en Facebook por su negativa a ceder, por la cara, sus obras de teatro.

Dicen  que el debate en torno a la propiedad intelectual en Internet está enquistado. Tanto, que se ha llevado por delante a Álex de la Iglesia, que, a mi juicio, pecó de afán de protagonismo y escasez de recursos para enfrentarse a un nuevo escenario en cuanto se produjo el cambio. Álex ha anunciado su dimisión como presidente de la Academia de Cine, ese mismo cine al que muchos, con los que en los últimos tiempos conversó tan amigablemente, han despreciado por activa y por pasiva en cualquier foro. Al mismo tiempo, los que se consideran líderes naturales de la red se han solidarizado con el director de Balada triste de trompeta, al que con total desfachatez se han atrevido a sugerir como próximo ministro de Cultura. Ver para creer tanto cinismo como el que ejercitan los Bravos, Dans, Domingos y demás, acostumbrados a sentirse representantes de la soberanía popular por el mero hecho de ser populares en un territorio que no cuestiona a quienes se enriquecen con las creaciones de terceros.

lunes, 24 de enero de 2011

Expolio digital

Mi intención era hablar hoy de lo injusta que es la historia de la literatura, de cómo da la espalda, de un día para otro, de forma incomprensible, a escritores que han hecho las delicias de generaciones enteras. Mi idea era recordar y rendir tributo a autores como Emilio Salgari, Karl May o Giovanni Papini, nombres que me acompañaron durante mi infancia y adolescencia,  novelistas que alcanzaron la gloria en un momento determinado pero que, por circunstancias inexplicables, hoy han caído en el más injusto de los olvidos o son reeditados, cuando lo son, por pequeñas editoriales que se atreven a jugarse sus pocos recursos imprimiendo unos volúmenes destinados, más que a nadie, a nostálgicos como yo, que disfrutamos con la lectura de sus novelas y cuentos cuando éramos apenas unos niños con ganas de vivir las mismas aventuras que aquellos héroes de ficción.

Detrás de las obras de aquellos admirados literatos -como del resto de autores, ya sean novelistas, poetas, dramaturgos, cineastas, músicos o coreógrafos- había y hay mucho talento, pero también dedicación, esfuerzo y trabajo, muchísimo trabajo. Sin embargo, hoy muchos creen que esas creaciones, que forman parte de nuestro imaginario colectivo, valen lo que un simple clic de ratón, que su precio se reduce al tiempo que tarda en ser descargada impunemente de algún servidor o de alguna página por la que terceros se lucran sin que a ellos les cueste nada. Y hoy muchos siguen queriendo que creamos que lo que está en juego no es la creación, sino la libertad de expresión y ese concepto tan versátil y de fácil recurso como la neutralidad en la red. ¿Por qué recurren a eufemismos cuando lo que tratan de amparar es el expolio digital, el robo a manos llenas? 

viernes, 7 de enero de 2011

Periodismo sin fronteras

Desde hace algunos años, en época de belenes, turrones, despreocupaciones, tarjetas de felicitación, abetos, polvorones, comidas familiares, loterías y cestas, Reporteros Sin Fronteras (RSF) presenta su balance anual sobre el estado de la libertad de prensa en el mundo. En 2010, los datos sobre el ejercicio del periodismo en el mundo, aunque mejores que en 2009, siguieron ofreciendo una realidad incontestable y desalentadora: en muchos lugares del planeta, tratar de ofrecer una información libre e independiente a la ciudadanía supone, en muchos casos, que el profesional acabe en la cárcel o, sencillamente, asesinado. Según esta organización, creada en 1985, el pasado año la vida de 57 periodistas fue cercenada por quienes no estaban dispuestos a que se conociera la verdad, a que se hicieran públicos ciertos hechos o datos, a que ciertas investigaciones o denuncias salieran a la luz. En el mismo periodo, 51 reporteros fueron secuestrados, 535 detenidos y más de 1.300 agredidos o amenazados. Pakistán, Irak y México son, por este orden, los lugares más violentos para los que utilizan, como herramienta de trabajo, la palabra o la imagen. 

Y mientras en un buen número de países -probablemente en la mayoría- hay quienes se juegan el pellejo a diario porque saben que son testigos esenciales y que con su labor están garantizando el derecho de todos a la información, aquí hay quienes prefieren mirar para otro lado cuando la rueda de prensa se convierte en comparecencia ("¿para qué preguntar?", se dirán, si ya tienen las notas con la versión oficial) o, peor aún, utilizar la libertad de prensa para, sencillamente, escupir, crispar e insultar a los que no piensan como ellos, a los que discrepan, a los que se limitan a tener una opinión diferente. 

La libertad de prensa no exige héroes ni mártires, pero sí un ejercicio responsable y ético que algunos parecen haber olvidado. Al menos por aquí.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Libertad de expresión

(7 de novembre, 1971 © F. Antoni Tàpies, Barcelona/VEGAP © de la fotografia: Martí Gasull)

Ferviente defensor de la libertad de expresión, que considero un pilar fundamental de las sociedades libres y democráticas, me repugnan quienes esgrimen constantemente este derecho fundamental -reconocido en muy pocos países y por cuyo ejercicio muchos ciudadanos son represaliados, torturados o encarcelados en diversas partes del mundo- para denigrar, crispar, humillar, insultar, alardear de machismo recalcitrante o de mal gusto, faltar de forma reiterada a la verdad o, simplemente, falsear la Historia. Ahí están las tribunas -escritas y audiovisuales- de una buena retahíla de columnistas y tertulianos habituales de radio y televisión: Alfredo Urdaci, Federico Jiménez Losantos, Ricardo PeytavíCarlos Dávila, Herman Terstch, David Gistau, Salvador Sostres, Pío Moa... No se trata de airear aquí las gestas de cada uno de ellos, pues de las lindezas diarias de esta caterva de opinantes ya dan cuenta, en sus respectivos espacios periodísticos y con mucha gracia, Javier Vizcaíno y José María Izquierdo, autores de sendos blogs en Público y El País, de muy recomendable consulta. Tampoco sorprende que todos se prodiguen en medios de comunicación de una orientación política muy definida. Será, quizás, que se mueven más por una actitud ante la vida que por una ideología concreta. ¿O irán ambas cosas, actitud e ideología, de la mano?

También los hay que aprovechan esto de la libertad de prensa para alardear de ignorancia o, simplemente, de escasa sensibilidad artística o, por ir un poco más allá, de complejos. Es lo que me sugiere la columna titulada Noticias 'muy verdaderas', publicada en el Canarias7 hace unos días, en la que, entre tópicos, José R. Sánchez proclama, sin rubor, su antipatía hacia el arte y los creadores contemporáneos. Después de bromear con la obra de Joan Miró y Tàpies, declara sentirse a gusto con quienes, como él, no entienden el "desparrame" de los artistas, o confiesa satisfecho que ya se siente un ciudadano más, "silente hasta ahora, al tiempo de valorar las creaciones contemporáneas que muchos pretenden hacernos comulgar con que son dignas de admirar". No le faltó a su discurso mas que alguna referencia al cine español para cumplir los lugares comunes al uso. A lo mejor ya está preparando su próxima entrega, con otras noticias más verdaderas.