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lunes, 24 de enero de 2011

Expolio digital

Mi intención era hablar hoy de lo injusta que es la historia de la literatura, de cómo da la espalda, de un día para otro, de forma incomprensible, a escritores que han hecho las delicias de generaciones enteras. Mi idea era recordar y rendir tributo a autores como Emilio Salgari, Karl May o Giovanni Papini, nombres que me acompañaron durante mi infancia y adolescencia,  novelistas que alcanzaron la gloria en un momento determinado pero que, por circunstancias inexplicables, hoy han caído en el más injusto de los olvidos o son reeditados, cuando lo son, por pequeñas editoriales que se atreven a jugarse sus pocos recursos imprimiendo unos volúmenes destinados, más que a nadie, a nostálgicos como yo, que disfrutamos con la lectura de sus novelas y cuentos cuando éramos apenas unos niños con ganas de vivir las mismas aventuras que aquellos héroes de ficción.

Detrás de las obras de aquellos admirados literatos -como del resto de autores, ya sean novelistas, poetas, dramaturgos, cineastas, músicos o coreógrafos- había y hay mucho talento, pero también dedicación, esfuerzo y trabajo, muchísimo trabajo. Sin embargo, hoy muchos creen que esas creaciones, que forman parte de nuestro imaginario colectivo, valen lo que un simple clic de ratón, que su precio se reduce al tiempo que tarda en ser descargada impunemente de algún servidor o de alguna página por la que terceros se lucran sin que a ellos les cueste nada. Y hoy muchos siguen queriendo que creamos que lo que está en juego no es la creación, sino la libertad de expresión y ese concepto tan versátil y de fácil recurso como la neutralidad en la red. ¿Por qué recurren a eufemismos cuando lo que tratan de amparar es el expolio digital, el robo a manos llenas? 

martes, 12 de octubre de 2010

Onetti/Carpentier

(@Alfaguara.com)
En una de las muchísimas entrevistas que Mario Vargas Llosa concedió el mismo día en que supo que le había sido otorgado el Premio Nobel de Literatura, el escritor hispanoperuano afirmaba que el mayor misterio de la escritura era su capacidad para hacer nacer la vida de la nada, con ese grácil material que son las palabras. A eso, a dotar de existencia a personajes surgidos de su imaginación o a revivir a figuras históricas desde la ficción, ha dedicado la mayor parte de su trayectoria como narrador, dramaturgo, cuentista y ensayista, ahora reconocida por la Academia Sueca.

Y en lugar de mostrarse soberbio o arrogante por el honor recibido o limitarse a glosar sus muchos méritos, aseguró en la misma conversación radiofónica que el galardón no lo situaba automáticamente entre los clásicos, que esa condición le vendría dada por el tiempo, quizás cuando, ya fallecido, sus obras siguieran recibiendo el favor de los lectores. Y de ese panteón de los inmortales recuperó dos nombres: Alejo Carpentier, del que confesó a su entrevistador que estaba releyendo El reino de este mundo, y Juan Carlos Onetti, a quien dedicó hace un par de años una lectura personal en El viaje a la ficción. ¡Inmejorable gusto de quien sí se sabe creador de una producción literaria balzaciana!

Después de concluida la interviú, extraje de los estantes de mi biblioteca La guerra del fin del mundo y Conversación en La Catedral. Podía haber elegido otros títulos para enfrascarme en el particular homenaje a quien durante tanto tiempo me ha producido un inolvidable placer.  Me consuela pensar que aún tengo por delante un año entero, antes de que sea designado su sucesor como Nobel de Literatura.