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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Toro de la Vega

(@AFP)
Nuestra sociedad está enferma. Porque lo está toda colectividad que se comporta de un modo salvaje, que no solo tolera el maltrato animal, sino que hace de él un acto de exaltación pública, que declara de Interés Turístico Nacional unas fiestas en las que el acto central es el alanceamiento de un indefenso toro, que convierte en estrella mediática a un tal Óscar Bartolomé Hernández, quien se jacta de su "heroicidad" comparándose con Cristiano Ronaldo, que sigue sin Ley de Protección Animal, que...permite que el Toro de la Vega se siga celebrando en la localidad de Tordesillas. ¡Una vergüenza!

domingo, 10 de octubre de 2010

Abandonos animales

Cada vez que me topo con un animal abandonado, me nace, además de un profundo sentimiento de desazón y rabia, el impulso de rescatarlo del desamparo, de alejarlo del sufrimiento de la existencia callejera, de recogerlo y otorgarle todas las atenciones veterinarias necesarias, porque suele estar herido o enfermo. Algo así como lo que hizo hace ya dos décadas Aníbal Vallejo, por entonces profesor de Arte de la Universidad de Antioquia, cuando detuvo su coche, en plena autopista, para atender a un perro que había sido atropellado y estaba al borde de la muerte. Aquel mismo día decidió abandonar la enseñanza universitaria y dedicarse por entero al cuidado de animales necesitados de protección. El lema que guía su vida desde entonces es "Siempre habrá un animal abandonado que me impedirá ser feliz". 

La historia protagonizada por Aníbal la cuenta su hermano, el irreverente escritor colombiano Fernando Vallejo en su última novela, El don de la vida, en la que insiste en expresar su profundo amor por los canes y su más absoluto desprecio por las personas. "Que se hacinen, que se amontonen, que copulen, que se jodan. A mí los que me duelen son los animales", dijo en una ocasión, con la misma contundencia -para escándalo de muchos- con la que decidió donar los 100.000 dólares del premio literario Rómulo Gallegos de 2003, que le había concedido un docto jurado, a la sociedad protectora de Caracas. 

Esta mañana, mientras paseaba, encontré a un pequeño e indefenso gato que, apoyado en una pared, buscaba refugio y quizás calor, después de estos días de incesante lluvia. Navegando por la red, doy con la foto de un gatito bogotano abandonado, realizada en 2006, que guarda parecido con el que, a mi pesar, dejé, pasmado de frío, en la misma calle en que lo hallé. No todos tenemos el valor ni el arrojo de Aníbal Vallejo. 

sábado, 11 de septiembre de 2010

Estampas de refresco (16)

(Madrid, 2005)

Las estatuas humanas, como la de este banderillero que trata de atraer la atención de quienes caminan por las cercanías de la Plaza Mayor de Madrid, desde una inmovilidad que sólo interrumpe con un disimulado gesto para agradecer las monedas que los paseantes depositan en el pequeño cuenco que tiene junto a ese pedestal de pega sobre el que está subido, me devuelven, como si fueran espejos, el mismo sentimiento de tristeza que experimentaba cuando, siendo niño, presenciaba los números circenses de los payasos. No recuerdo que aquellos personajes, que tanto alboroto provocaban entre mis compañeros y los pequeños desconocidos, que aparecían ataviados con grandes abrigos, llamativas camisetas y zapatones de colores, que tropezaban a cada instante para dar con sus huesos en la arena, hicieran escapar una sonrisa de mis labios, quizás porque el excesivo maquillaje, detrás del que se escondía una falsa expresión de felicidad, llevaba consigo los padecimientos de una profesión que mi mente infantil, más pendiente de la aparición de domadores y fieras, imaginaba llena de sinsabores y desengaños.

Han pasado algunos años desde que esta estatua humana -una expresión desafortunada, pues reduce a su protagonista a la condición de cosa-, banderillas en ristre, fuera inmortalizado en una postura que, seguramente, los más ortodoxos seguidores del toreo tilden de ridícula por imposible. Pero nuestro subalterno no tiene a un bravo animal que le haga temer por su vida, ni tiene que rendir cuentas a ningún matador ni a los exigentes tendidos. A lo mejor, ya ha decidido jubilarse y cada día, en lugar de regresar al tajo, a enfrentarse a las muchas burlas de los viandantes, que también las había junto a las escasas monedas, pasa las horas al sol, sentado en el banco de un parque público, ajeno a la polémica que el parlamento catalán generó prohibiendo las corridas de toros, porque en realidad a él nunca le gustó eso que algunos llaman fiesta nacional y el traje de luces lo adquirió en un mercadillo, a muy buen precio, como también pudo haberse hecho con el de centurión romano o el de califa cordobés.