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martes, 11 de enero de 2011

El demagogo tecnológico

Hace algunas semanas dediqué una entrada a Juan Carlos Ibarra, después de su paso por un foro en Badajoz. Entonces me referí a su demagogia tecnológica, sustentada mayormente en la idea de que Internet nos permite el acceso, a golpe de clic, a millones de obras de creación, sin necesidad de pagar a los autores de esos libros, canciones, películas o videojuegos descargados, dado que, por encima del derecho  de los trabajadores de la cultura a ser retribuidos por su trabajo, está el supuesto acceso universal al conocimiento, una red libre y neutral y la mayor de las libertades de expresión. La simpleza argumental empleada entonces, unida a ciertas gotas de populismo facilón, reaparece, pero esta vez por escrito, en un artículo aparecido en el diario El País.

Las ideas esgrimidas por el expresidente extremeño son, como digo, pocas y de un simplismo insultante. Y en ellas insiste. De un lado están los buenos, esto es, los jóvenes internautas que contribuyen, navegando y descargando a su antojo, al avance tecnológico y el progreso de la Humanidad, así, en mayúsculas. Del otro están los malos, esto es, los creadores, la industria y las entidades de gestión, que se limitan a reclamar lo que es suyo, es decir, una justa retribución por el trabajo creativo realizado y descargado impunemente a través de las ADSL, en lo que no es más que un claro ejercicio de saqueo. Y entre medias está este señor, deslumbrado por la luz de las pantallas de ordenador, haciendo gala de una ingenuidad extraordinaria -o quizás de una mayúscula  malicia- cuando olvida a quienes se están forrando de lo lindo con el esfuerzo ajeno, llámense operadoras de telefonía, TIC o páginas de enlaces.

Y hay quien ha calificado alguno de sus artículos de padrenuestro [sic] de  la realidad. ¡Válgame dios!

lunes, 15 de noviembre de 2010

Cercanía tecnológica

"La tecnología te acerca a quienes están lejos y te aleja de los que están cerca", escucho, a mi lado, como si alguien estuviera leyendo en voz alta una de esas odiosas sentencias que, ilustradas con imágenes paradisiacas del Himalaya o de bellísimas orquídeas, llenan esos insoportables powerpoint que inundan a diario nuestros correos electrónicos y con los que, al parecer, nuestros remitentes pretenden ayudarnos a cambiar la existencia y hacernos mejores personas. Curiosamente, el individuo que ha pronunciado tal frase está rodeado de otros comensales en la mesa del hotel en el que desayuna. Y mientras habla, casi sin hacer caso a quienes comparten con él ese primer momento de la mañana, manipula un iPad, recorriendo sucesivas páginas de un periódico, al tiempo que consulta las llamadas perdidas de su iPhone. Un hombre hecho en la factoría de Mr. Jobs que, momentos después, comenzará a enviar y recibir mensajes a través de su MacBook Air, sin prestar atención a ningún otro estímulo externo. Lo sorprendente es que el resto de acompañantes hace más o menos lo mismo aunque su despliegue de artilugios no sea ni de lejos parecido.

La devoción casi religiosa hacia estos aparatos, utilísimos sin duda, necesarios por supuesto, pero invasivos hasta extremos intolerables, nos está haciendo perder el placer de la proximidad, el gusto por la conversación, el goce del contacto cara a cara, convirtiéndonos en extraños para los que están a nuestro lado. O a lo mejor es que hemos llegado a un punto en que hablar con un semejante al que tenemos enfrente nos resulta de una incomodidad insoportable. O peor, que no sabemos cómo dirigirnos a él si no media una maquinita. No me imagino a los tertulianos del Café Pombo o el Gijón entretenidos con las pantallas táctiles desatendiendo las opiniones de sus colegas. ¿Qué iban a pensar don Ramón Gómez de la Serna o Manuel Alexandre?