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jueves, 10 de febrero de 2011

Gliders House

A primera vista, los tiempos de crisis aconsejan nadar y guardar la ropa, por lo que pudiera pasar. Uno se vuelve conservador con el paso de los años y tampoco es cuestión de jugarse a los chinos el incierto futuro que se avecina. No es, sin embargo, la recomendación que nos trasladan quienes aseguran que para salir de la depresión económica actual hay que apostar por el riesgo, el ingenio y la valentía. Dos posiciones enfrentadas. Dos consecuencias muy diferentes: empobrecimiento frente a generación de riqueza.

Frente a los que somos más cobardes y nos basta con ir capeando el temporal confiados en que escampe pronto, están quienes, como el artista plástico Miguel Panadero, se aventuran por el territorio del atrevimiento y el azar. Además de mantener el estudio como centro de operaciones artísticas y comerciales, donde cualquier potencial comprador  puede adquirir alguna de sus obras -pinturas, grabados, acuarelas, ilustraciones, dibujos, esculturas, joyas o cerámicas-, Miguel ha resuelto salir de la trinchera y lanzarse al ataque con la bayoneta calada, mirando a la crisis de frente, a los ojos.

Nuestro hombre ha decidido añadir una actividad más a su currículo y lanzarse al diseño de camisetas. Combinando sus dotes artísticas y su afición al surf -cualquiera puede verlo, casi a diario, en la playa grancanaria de Las Canteras, tabla en ristre-, ha puesto en marcha su propia colección: Gliders House. Por el momento, la aventura se desarrolla lentamente, con una ventana abierta en Internet y otra en algunas tiendas de surferos. Su osadía, en la época que corre, merece el aplauso, al menos de los que seguimos parapetados bajo el paraguas rogando por el fin de esta maldita y caprichosa crisis. El futuro es de los intrépidos y Miguel Panadero lo es.

jueves, 28 de octubre de 2010

Quiqui

Siendo niños, tuvimos un perro que al que pusimos el nombre de Quiqui. Nos lo había regalado una vecina, dueña de un pequeño comercio al que acudíamos a comprar golosinas, cromos y revistas infantiles, pero también los ovillos de hilo con los que mi abuela hacía punto. Quiqui pasaba el día en la azotea de la casa, donde, entre bidones de agua y patios de luz, nos veía jugar al fútbol en un campo imaginario, siempre cuidadosos con un balón que no pocas veces acababa en la calle o en los corrales cercanos como consecuencia de algún tiro errado que no encontraba el camino de la portería y superaba el pequeño muro protector de aquella cubierta llana tan característica de los pueblos del Sur de Gran Canaria. 

Mi memoria ha olvidado el tiempo que Quiqui estuvo con nosotros, como también los motivos por los que fue devuelto a nuestra vecina, quien no puso reparos en recuperar a aquel animal obediente y dócil. Sí recuerdo que, en alguna ocasión, seguramente muy pocas, fuimos a visitarlo. Nos recibía moviendo el rabo, como si se alegrara de volver a vernos y no guardara ningún tipo de rencor hacia nosotros, a pesar del gesto que habíamos tenido con él. 
  
No sé la razón por la que hoy me he acordado de Quiqui. Quizás porque era muy parecido a este Canelo que he encontrado navegando por la Red y que corrió peor suerte que él, pues acabó en la perrera de Hellín, tras unas rejas, abandonado por unos amos a los que, con toda probabilidad, esperaba reencontrar.