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viernes, 26 de octubre de 2012

Javier Marías

(@cadenaser.com)
En estos tiempos que corren, en los que cada día tenemos noticia de nuevas tropelías cometidas por quienes precisamente debieran dar ejemplo a la ciudadanía con sus comportamientos -los casos son tantos, que basta con abrir cualquier diario por una página elegida al azar-, es digno de elogio el gesto de coherencia intelectual e integridad moral con el que ha respondido el escritor Javier Marías al conocer que había ganado el Premio Nacional de Narrativa por su novela Los enamoramientos. Lo más lógico, ahora que la crisis aprieta de mala manera sin muchos miramientos, era haber aceptado gloria y dineros (20.000 euros no amargarían a la mayoría de españoles). Sin embargo, ha cumplido con su palabra y su conciencia al rechazar el galardón ministerial, además de dar muestras de educación al agradecer su elección al jurado que se decantó por su libro.   

Ya se han escuchado voces criticando su gesto -siempre los mismos, ¡qué pesadez!-. Incluso alguien ha sugerido que habría sido mejor recibirlo y, posteriormente, donar el dinero a esas bibliotecas a las que, como él mismo denunció, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte no destinará ni un solo euro en 2013. ¿Acaso corresponde a un gesto particular paliar la sinrazón gubernamental? También se podrían utilizar los 207.000 euros que  gastó en teléfono el edil burgalés  Eduardo Villanueva -que asegura que dimite con la conciencia muy tranquila-  para financiar la lectura pública. Seguro que daría para unos cuantos ejercicios económicos.

¡Felicidades, señor Marías, por su guiño y por esa recompensa a la que ha dado su negativa!

lunes, 15 de octubre de 2012

El ministro bufón

Cada día estoy más convencido de que esta crisis pertinaz -¡qué adjetivo tan querido por el franquismo para referirse a la sequía- nos ha robado, entre otras muchas cosas, el sentido del humor. Porque no encuentro otra razón que explique los pocos chistes que los españoles, tan dados a sacar punta de todo, le dedicamos al ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, tan amigo de las declaraciones altisonantes y, sobre todo, de las bufonadas. Por muchísimo menos, al diplomático, escritor y político Fernando Morán la entonces incipiente caverna mediática lo crucificó a chascarrillos, muchos de muy mal gusto, cuando era ministro de Asuntos Exteriores. Ahora, el espejo de la Historia nos devuelve a una figura brillante, ponderada e inteligente, cuyos logros están ahí, gusten o no a los cavernícolas. 

De Wert, el ministro peor valorado de un Gobierno que no supera el aprobado en opinión de los españoles, nos va llegando un rosario de decisiones que reciben el rechazo mayoritario de los sectores afectados o una colección de manifestaciones de difícil encaje en los tiempos que corren, como las relativas a las becas, la Educación para la Ciudadanía o la españolización -otra expresión muy del lenguaje franquista- de los alumnos catalanes. 

Aún es pronto para que ese espejo al que antes me refería nos ofrezca con suficiente distancia la verdadera magnitud de este personaje, pero todo indica que, a este paso y gracias a sus esfuerzos, será una imagen muy, muy deformada. Y méritos habrá hecho para ello.