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jueves, 11 de noviembre de 2010

Agdaym Izik (6)

Confieso que me habría gustado cambiar de asunto. Volver a hablar de laicismo, de mis últimas lecturas, del ciclo sobre arte y pensamiento que ha organizado en Tenerife la Fundación Cristino de Vera o de algún retazo de memoria infantil. Pero no quiero renunciar a hacerlo de quienes hoy siguen reclamando la atención del mundo, porque son víctimas del terror, de un poder ocupante que utiliza las armas de la represión, de las desapariciones y que, incluso, se ha atrevido con ciertas medidas raciales que, obviamente, nos retrotraen a un tiempo que creíamos olvidado, cuando a un pueblo lo señalaron con estrellas amarillas y lo masacraron en guetos, en campos de exterminio. Leo horrorizado que los marroquíes que circulen por El Aaiún deberán hacerlo utilizando una gorra blanca y que los saharauis están obligados a ir con la cabeza descubierta, señalados, estigmatizados por pertenecer a una comunidad que no se rinde, que ha gritado ¡basta! sin alzar la mano, con la fuerza de la unión, con la solidaridad, levantando un campamento de dignidad, hoy arrasado, incendiado, pero símbolo ya de lucha, de resistencia.  No, no se rinde quien sabe que lleva consigo la razón. 

Recupero una foto de hace algunos años, de una manifestación organizada frente al muro que Marruecos construyó en el desierto con la ayuda occidental, para impedir lo imposible: separar a un pueblo. La pancarta que presidía aquella movilización no ha perdido actualidad. Tampoco ha cambiado, en estos años, la posición de un gobierno cuya tibieza y miedos obligan a sus ministros a rectificar a cada paso, les confunden hasta el punto de admitir la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental o les impiden condenar la violencia, el imperio de la atrocidad y la cobardía. El tiempo, como a otros antes que a ellos, les pasará factura. Así es la Historia, implacable con los pusilánimes, con los necios.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Agdaym Izik (4)

(@Reuters)
Hemos amanecido esta mañana con la noticia de que la policía y el ejército marroquíes han entrado por la fuerza en el campamento de Agdaym Izik, en las afueras de El Aaiún, donde más de 20.000 saharauis se habían establecido desde hace varias semanas como gesto pacífico de protesta contra la ocupación ilegal del Sáhara Occidental por parte de Marruecos y en favor de la independencia de la antigua colonia española. Una acción represiva que delata las verdaderas intenciones con las que Rabat acude hoy a Nueva York para reanudar, bajo la mirada de Naciones Unidas, las conversaciones con el Frente Polisario sobre el futuro de ese territorio abandonado por nuestro país hace 35 años. ¿Acaso alguien esperaba que la dictadura alauita, que no respeta los derechos y libertades de su propia población, se comportara de otro modo con los manifestantes saharauis? ¿No fue acaso el discurso pronunciado hace unos días por el tirano una velada amenaza hacia los acampados? 

De la diplomacia de la potencia administradora -España- no esperemos nada, salvo las consabidas frases de lamento, la petición -sotto voce- de esclarecimiento de los hechos y la declaración de que se trata de un asunto interno que afecta exclusivamente a Marruecos y sobre el que nuestro país no tiene nada que decir. Confiar en una posición diferente a la expresada habitualmente por el Ministerio de Asuntos Exteriores español nos situaría más en el espejismo y la ficción que en el realismo político al que se ha apuntado gustosa Trinidad Jiménez. Y no corren tiempos para la ilusión ni la utopía. 

lunes, 27 de septiembre de 2010

Burguillos del Cerro

Hace unos días recibí la llamada de un vecino de Burguillos del Cerro, provincia de Badajoz. Según me contó aquel desconocido, identificado como Manuel Lima Díaz, en el listado que figura en Consejo de guerra. Los fusilamientos en el Madrid de la posguerra (1939-1945), que escribí y publiqué con Mirta Núñez Díaz-Balart en 1997, aparecen dos vecinos de su pueblo, ejecutados en septiembre de 1939 en las tapias del Cementerio madrileño del Este, hoy de La Almudena. Quería saber si conocía más detalles de aquellas muertes o si tenía conocimiento del expediente judicial que contemplaba su caso. Y me habla de una compañía, integrada por burguillanos, que, hecha prisionera, fue pasada por las armas en la Sierra de Madrid. 

Desde hace siete años, Manuel Lima trata de documentar la brutal represión desatada tras la toma de su localidad por las tropas golpistas. Al parecer, en aquel entonces Burguillos era una población de unos 6.000 vecinos, de los que 500 fueron asesinados por el nuevo orden (¡uno de cada doce!). Y Manuel Lima me dice también que hace muy poco tiempo han conseguido abrir una fosa, en el  cercano Salvatierra de los Barros, en la que hallaron los cadáveres de cuatro fusilados. 

A pesar de los años transcurridos desde la muerte del dictador, el estudio de la represión franquista transcurre muy lentamente, gracias exclusivamente al empeño de las familias de las víctimas y el esfuerzo voluntarioso de investigadores que, como Manuel Lima, continúan topándose con numerosas dificultades para desarrollar su trabajo, como si todavía hubiese demasiada gente empeñada en que no se conozca lo sucedido en aquellos oscuros años. Lamentablemente, queda todavía demasiado tiempo para que veamos concluido el mapa de la violencia ejercida contra los ciudadanos por el régimen salido de la victoria militar de 1939.

miércoles, 23 de junio de 2010

¿Olvidar? No



"Quien honra a sus muertos, se honra a sí mismo", reza en la entrada de algunos cementerios. Y, sin embargo, en España, todavía hay muchos que se empeñan en que esa leyenda no se cumpla, impidiendo a millares de familiares de asesinados por el régimen de Franco que, más de setenta años después de acabada la Guerra Civil, puedan recuperar los cuerpos de sus seres queridos y darles un último adiós. Argumentan, cínicamente, que abrir fosas e identificar a las víctimas sólo sirve para reabrir viejas heridas, como si las únicas cicatrices estuvieran del lado de los vencedores, que, por si fuera poco, durante cuarenta años pudieron honrar a sus muertos, mientras se reservaba a los vencidos el silencio, la humillación, la venganza, el sufrimiento, la represión.

Se cuentan por miles los españoles que deben ser rehabilitados. Se cuentan por miles las familias que siguen confiadas en que algún día les sean devueltos los restos de sus abuelos, padres, tíos y hermanos. Y mientras llega ese esperado momento, mientras la vergüenza se cierne sobre un país que desprecia la memoria individual de tantos y tantos ciudadanos, queda el consuelo de pronunciar los nombres de los desaparecidos, de los paseados, de los fusilados. No hay que renunciar a ese derecho. Gritemos sus nombres uno a uno junto a las tapias de los cementerios en donde un pelotón acabó con sus vidas, en las cunetas, en los campos, en las simas, donde cobardemente fueron asesinados. Allí donde se sepa que alguien permanece enterrado, arrebatado a los suyos, digamos bien alto su nombre y sus apellidos. Honrémoslos, porque entonces nos estaremos honrando a nosotros mismos y haciendo justicia. Y sigamos luchando para recuperar sus restos, para que en cada uno de esos lugares de infamia, un memorial, una placa, un monumento los rememore y nos devuelva a todos su recuerdo.