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domingo, 10 de octubre de 2010

Abandonos animales

Cada vez que me topo con un animal abandonado, me nace, además de un profundo sentimiento de desazón y rabia, el impulso de rescatarlo del desamparo, de alejarlo del sufrimiento de la existencia callejera, de recogerlo y otorgarle todas las atenciones veterinarias necesarias, porque suele estar herido o enfermo. Algo así como lo que hizo hace ya dos décadas Aníbal Vallejo, por entonces profesor de Arte de la Universidad de Antioquia, cuando detuvo su coche, en plena autopista, para atender a un perro que había sido atropellado y estaba al borde de la muerte. Aquel mismo día decidió abandonar la enseñanza universitaria y dedicarse por entero al cuidado de animales necesitados de protección. El lema que guía su vida desde entonces es "Siempre habrá un animal abandonado que me impedirá ser feliz". 

La historia protagonizada por Aníbal la cuenta su hermano, el irreverente escritor colombiano Fernando Vallejo en su última novela, El don de la vida, en la que insiste en expresar su profundo amor por los canes y su más absoluto desprecio por las personas. "Que se hacinen, que se amontonen, que copulen, que se jodan. A mí los que me duelen son los animales", dijo en una ocasión, con la misma contundencia -para escándalo de muchos- con la que decidió donar los 100.000 dólares del premio literario Rómulo Gallegos de 2003, que le había concedido un docto jurado, a la sociedad protectora de Caracas. 

Esta mañana, mientras paseaba, encontré a un pequeño e indefenso gato que, apoyado en una pared, buscaba refugio y quizás calor, después de estos días de incesante lluvia. Navegando por la red, doy con la foto de un gatito bogotano abandonado, realizada en 2006, que guarda parecido con el que, a mi pesar, dejé, pasmado de frío, en la misma calle en que lo hallé. No todos tenemos el valor ni el arrojo de Aníbal Vallejo.