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sábado, 22 de enero de 2011

"No escribas más"

(@lavozdigital.es)
Conocí a Fernando Santiago en 2009, después de que publicara una tribuna de opinión en la que, demostrando una absoluta valentía y unas grandes dosis de atrevimiento, no tuvo reparos en defender a la SGAE en un momento en que la entidad de gestión, a raíz de cobrar por un concierto benéfico en Almería, era sometida a un auténtico linchamiento mediático. Durante la conversación que mantuvimos me comentó que estaba embarcado en los preparativos de la conmemoración del bicentenario de la proclamación de la libertad de prensa por las Cortes de Cádiz, que se celebró en 2010. Hoy leo, con estupor, que este periodista ha sido agredido por un energúmeno al que, al parecer, molestaban sus artículos periodísticos y los comentarios que hacía en su blog. No satisfecho con golpearlo, el agresor se atrevió también a espetarle "¡No escribas más!", como si con ese grito amenazador pudiera acabar con quien, desde la presidencia de la Asociación de la Prensa de Cádiz, se ha erigido en un firme defensor de la libertad de expresión y de la función crítica de los profesionales de la información. Quizás ese individuo quiso emular a Millán-Astray y su célebre "¡Muera la inteligencia!".

Lamentablemente, los ataques a periodistas no se limitan a países cuyos regímenes políticos socavan los derechos fundamentales, como ha venido denunciando Reporteros Sin Fronteras. Aunque se trate de un hecho aislado, parece que en España algunos siguen creyendo que las palabras se acallan a puñetazos, que la razón se conquista a golpes, que con el ejercicio de la fuerza se pueden silenciar las voces independientes. 

Fernando, desde aquí, mucho ánimo y una pronta recuperación, porque el periodismo necesita de gente  como tú.

martes, 7 de diciembre de 2010

La España soez

(@Bartolomé Ros)
Cada vez me cuesta más mostrarme indiferente ante tanta grosería como se escucha y se lee a diario.  Cada día me resulta más difícil controlarme ante tanta vileza como se observa en los comportamientos y modales de algunos. Cada hora que pasa tengo la impresión de que vivo en una España donde se premia lo soez, donde se jalea lo indigno, donde se aplaude lo más tosco, donde lo más burdo es moneda de cambio y donde la ordinariez es garantía de popularidad y éxito social. Y parece que no es algo nuevo, sino que viene de muy atrás.

No hace falta salir a la calle. Basta con pasar un rato ante el televisor, leer los diarios o curiosear los comentarios que saturan las noticias en Internet para constatar que lo que más se valora en este país es la mayor burrada expuesta y a quien la pronuncia o escribe. Si incorpora el insulto, mejor. Y si produce crispación y malestar ajenos, pleno. Objetivo cumplido. No es necesario que a uno lo cojan con un micrófono abierto o parapetado tras el anonimato de la Red para que ofrezca gustoso y con total naturalidad lo mejor de sí mismo.

Decía mi abuela, de quien aprendí menos de lo que hubiera debido y deseado, que "en la mesa y en el juego, la educación se ve luego". Al dicho, quizás por antiguo, le faltarían actualmente algunos otros espacios o momentos en los que fácilmente se pierden la cortesía y la urbanidad. Además, con demasiada frecuencia, son los que pasan por educados los primeros que se echan mano a la entrepierna cuando algo les desagrada o no se acomoda a su gusto. Los primeros en emular el estilo grosero, falto de todo tacto, de aquel militarote de apellido Millán-Astray que desafió la inteligencia.

Javier Marías asegura haber encontrado ventajas de la zafiedad reinante. Yo confieso que aún no lo he conseguido.