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lunes, 24 de enero de 2011

Expolio digital

Mi intención era hablar hoy de lo injusta que es la historia de la literatura, de cómo da la espalda, de un día para otro, de forma incomprensible, a escritores que han hecho las delicias de generaciones enteras. Mi idea era recordar y rendir tributo a autores como Emilio Salgari, Karl May o Giovanni Papini, nombres que me acompañaron durante mi infancia y adolescencia,  novelistas que alcanzaron la gloria en un momento determinado pero que, por circunstancias inexplicables, hoy han caído en el más injusto de los olvidos o son reeditados, cuando lo son, por pequeñas editoriales que se atreven a jugarse sus pocos recursos imprimiendo unos volúmenes destinados, más que a nadie, a nostálgicos como yo, que disfrutamos con la lectura de sus novelas y cuentos cuando éramos apenas unos niños con ganas de vivir las mismas aventuras que aquellos héroes de ficción.

Detrás de las obras de aquellos admirados literatos -como del resto de autores, ya sean novelistas, poetas, dramaturgos, cineastas, músicos o coreógrafos- había y hay mucho talento, pero también dedicación, esfuerzo y trabajo, muchísimo trabajo. Sin embargo, hoy muchos creen que esas creaciones, que forman parte de nuestro imaginario colectivo, valen lo que un simple clic de ratón, que su precio se reduce al tiempo que tarda en ser descargada impunemente de algún servidor o de alguna página por la que terceros se lucran sin que a ellos les cueste nada. Y hoy muchos siguen queriendo que creamos que lo que está en juego no es la creación, sino la libertad de expresión y ese concepto tan versátil y de fácil recurso como la neutralidad en la red. ¿Por qué recurren a eufemismos cuando lo que tratan de amparar es el expolio digital, el robo a manos llenas? 

martes, 11 de enero de 2011

El demagogo tecnológico

Hace algunas semanas dediqué una entrada a Juan Carlos Ibarra, después de su paso por un foro en Badajoz. Entonces me referí a su demagogia tecnológica, sustentada mayormente en la idea de que Internet nos permite el acceso, a golpe de clic, a millones de obras de creación, sin necesidad de pagar a los autores de esos libros, canciones, películas o videojuegos descargados, dado que, por encima del derecho  de los trabajadores de la cultura a ser retribuidos por su trabajo, está el supuesto acceso universal al conocimiento, una red libre y neutral y la mayor de las libertades de expresión. La simpleza argumental empleada entonces, unida a ciertas gotas de populismo facilón, reaparece, pero esta vez por escrito, en un artículo aparecido en el diario El País.

Las ideas esgrimidas por el expresidente extremeño son, como digo, pocas y de un simplismo insultante. Y en ellas insiste. De un lado están los buenos, esto es, los jóvenes internautas que contribuyen, navegando y descargando a su antojo, al avance tecnológico y el progreso de la Humanidad, así, en mayúsculas. Del otro están los malos, esto es, los creadores, la industria y las entidades de gestión, que se limitan a reclamar lo que es suyo, es decir, una justa retribución por el trabajo creativo realizado y descargado impunemente a través de las ADSL, en lo que no es más que un claro ejercicio de saqueo. Y entre medias está este señor, deslumbrado por la luz de las pantallas de ordenador, haciendo gala de una ingenuidad extraordinaria -o quizás de una mayúscula  malicia- cuando olvida a quienes se están forrando de lo lindo con el esfuerzo ajeno, llámense operadoras de telefonía, TIC o páginas de enlaces.

Y hay quien ha calificado alguno de sus artículos de padrenuestro [sic] de  la realidad. ¡Válgame dios!