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sábado, 8 de enero de 2011

El jardín de tu memoria

Escribió Manuel Altolaguirre que "ningún campo tan grande como el de nuestra memoria" y que "recorrerlo es buscarse a sí mismo". Y él mismo se buscó y confundió en unas confesiones y en unos recuerdos que quedaron reunidos en El caballo griego, un libro de memorias que no pudo concluir porque antes le sorprendió la muerte en una carretera de la España de la que se había exiliado veinte años antes, al concluir la guerra civil, durante la que mantuvo un firme compromiso con la legalidad republicana. Una muerte después de la cual su alma no se sintió desnuda, sino envuelta con el paisaje de sus pensamientos y emociones, abrigada por la memoria, que le sirvió de confortable luz frente al abandono y el olvido. Y él, que dijo que estaba "aprendiendo a morir a fuerza de recuerdos", nos legó unos cuantos y muy sabrosos en unas deliciosas páginas que, acertadamente, ha recuperado el diario Público en la edición de hoy, sábado 8 de enero, dentro de su colección Voces críticas. 

En apenas medio centenar de páginas, que se completan con una serie de notas sobre literatura por las que desfilan los principales poetas y dramaturgos de las primeras décadas del pasado siglo, como Luis Cernuda, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Emilio Prados, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas ("Y fue una despedida, larga, clara", escribe Altolaguirre tras la muerte de quien era "vuelo y cielo, luz henchida de aire"), Gerardo Diego y otros, el escritor malagueño nos acercó el drama de la España vencida, obligada, como él, a abandonar su patria y acabar recluida, en los primeros tiempos, en los campos de concentración franceses, en una tierra extraña donde "el llanto de las mujeres y de los niños no eran lágrimas líquidas, sino enturbiadas nubes coronando sus frentes". El dolor que destilan esos pasajes tiene también su contrapunto en las divertidas anécdotas que relata de los años anteriores al conflicto fratricida, protagonizadas por Salvador Dalí, Gala o un Rafael Alberti que no duda en vestirse de mujer para recibir la visita de André Gide. 

Qué placer haber encontrado hoy la voz crítica de Manuel Altolaguirre en una edición popular que, seguramente, habría gustado a quien también fue un magnífico editor e impresor.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Conversación benedictina

(@www.que.es)
-Pues, ¿qué hace ahí escondido?
-Esperando a que Quien ha venido de visita se marche por donde mismito vino.
-Salga y le cuento. Que el zángano nos ha dejado algunas perlas deliciosas sobre las que merece la pena conversar.
-No me haga perder el tiempo. Empiece, empiece.
-Diz que dijo que reivindiquemos las raíces cristianas de Europa.
-¿Pues no sabe lo que contestó Daniel Cohn-Bendit a quienes defienden esa patraña? Pues se lo diré: que se trata de una "usurpación intelectual insidiosamente racista". ¿Y qué otras lindezas nos ha dejado Ratzinger?
-Diz que dijo que vivimos en un país agresivamente laico y que nuestro anticlericalismo se parece muy mucho al de la Segunda República.
-Ah, ¿sí? ¿Y no habló de su educación hitleriana, de las bendiciones romanas a los crímenes del nacional-catolicismo y de la ceguera papal ante el Holocausto?
-Pues no. Ahora que caigo, de eso no habló.
-¡Santito desmemoriado! Mejor sigo escondido hasta que escampe.

domingo, 24 de octubre de 2010

Wikileaks


Hace algunos años, cuando investigaba con Mirta Núñez los crímenes del franquismo en los archivos militares, nuestra reclamación de causas judiciales era despachada a menudo con un rotundo no, que se justificaba en la supuesta salvaguarda de la intimidad de los familiares de los represaliados (que eran precisamente los más interesados en conocer la verdad de lo ocurrido a sus parientes), aunque a quienes de verdad querían proteger era a los descendientes de quienes formaban aquellos tribunales de guerra (todos ellos pertenecientes al ejército), a los que no temblaba el pulso cuando de sentenciar a muerte se trataba. 

Ahora escucho una excusa muy similar de los responsables políticos y militares de  Estados Unidos a raíz de las filtraciones de Wikileaks sobre la guerra sucia, las matanzas y los abusos de los derechos humanos perpetrados en Irak por las tropas norteamericanas e iraquíes y por los mercenarios de Blackwater. Ni el Pentágono ni el Departamento de Estado hablan de investigar los hechos, de llevar a los culpables ante la justicia o de reparar de alguna manera el daño causado. Ni mucho menos se les ha oído pronunciar la palabra perdón. Se escudan en la seguridad nacional y en la protección de las vidas de  estadounidenses y de sus aliados.

Me pregunto, mientras leo con espanto los horrores ahora puestos al descubierto por la web de Julian Assange, qué estará pensando aquel que una vez regresó a España con acento tejano y que no dudó en poner una franca sonrisa para la famosa foto de las Azores, aunque en aquel momento se estuviera poniendo en juego la vida de miles de seres humanos.

viernes, 15 de octubre de 2010

Los topos olvidados

La casualidad ha hecho coincidir en el tiempo el feliz rescate de los 33 mineros atrapados durante varias semanas en San José, Chile, con la reedición de un libro sobrecogedor que, cuando se publicó en 1977, causó cierto revuelo. Estábamos en los primeros momentos de la democracia y hablar de posguerra y represión aún producía escozor en algunos sectores de la sociedad española más propensa al olvido que al recuerdo y la memoria. Me refiero a Los topos, valiente investigación histórica que llevaron a cabo Jesús Torbado y Manuel Leguineche sobre los centenares de españoles que, derrotados en la Guerra Civil, no encontraron mejor solución para huir del escarnio, las represalias, la violencia y, en muchos casos, una muerte segura, que encerrarse en vida, que esconderse en agujeros en los que vivieron,  con el miedo adherido al cuerpo, con el temor a ser  detenidos en cualquier momento, durante décadas. 

Cuando salieron de sus escondrijos, de aquellas cárceles no oficiales, a finales de los sesenta, no los esperaban las cámaras, los periodistas, los políticos, ni mil millones de telespectadores frente a las pantallas, siguiendo segundo a segundo su liberación. Tan sólo sus familiares, los mismos que se habían jugado su suerte, poniendo en peligro su propia libertad, por mantenerlos a salvo, alimentándolos y tratando de que no enloquecieran durante el largo período en el que permanecieron ocultos a los ojos del vengador régimen franquista. 

Hace algún tiempo, la realidad de aquellos topos humanos volvió a la actualidad gracias a la ficción, a un estremecedor relato de Alberto Méndez, titulado Los girasoles ciegos, incluido en un libro junto a otras tres historias -o derrotas, como las calificó su autor-, que fue llevado al cine por José Luis Cuerda, con Maribel Verdú y Javier Cámara en el reparto. Ahora lo hace desde el rigor histórico, gracias a una recuperación ajena a las modas editoriales que nos devuelve el sufrimiento de aquellos hombres que una vez creyeron en la victoria de sus ideales. 



  

lunes, 27 de septiembre de 2010

Burguillos del Cerro

Hace unos días recibí la llamada de un vecino de Burguillos del Cerro, provincia de Badajoz. Según me contó aquel desconocido, identificado como Manuel Lima Díaz, en el listado que figura en Consejo de guerra. Los fusilamientos en el Madrid de la posguerra (1939-1945), que escribí y publiqué con Mirta Núñez Díaz-Balart en 1997, aparecen dos vecinos de su pueblo, ejecutados en septiembre de 1939 en las tapias del Cementerio madrileño del Este, hoy de La Almudena. Quería saber si conocía más detalles de aquellas muertes o si tenía conocimiento del expediente judicial que contemplaba su caso. Y me habla de una compañía, integrada por burguillanos, que, hecha prisionera, fue pasada por las armas en la Sierra de Madrid. 

Desde hace siete años, Manuel Lima trata de documentar la brutal represión desatada tras la toma de su localidad por las tropas golpistas. Al parecer, en aquel entonces Burguillos era una población de unos 6.000 vecinos, de los que 500 fueron asesinados por el nuevo orden (¡uno de cada doce!). Y Manuel Lima me dice también que hace muy poco tiempo han conseguido abrir una fosa, en el  cercano Salvatierra de los Barros, en la que hallaron los cadáveres de cuatro fusilados. 

A pesar de los años transcurridos desde la muerte del dictador, el estudio de la represión franquista transcurre muy lentamente, gracias exclusivamente al empeño de las familias de las víctimas y el esfuerzo voluntarioso de investigadores que, como Manuel Lima, continúan topándose con numerosas dificultades para desarrollar su trabajo, como si todavía hubiese demasiada gente empeñada en que no se conozca lo sucedido en aquellos oscuros años. Lamentablemente, queda todavía demasiado tiempo para que veamos concluido el mapa de la violencia ejercida contra los ciudadanos por el régimen salido de la victoria militar de 1939.

jueves, 29 de julio de 2010

Cándido Mañana


Uno no sabe si el coronel Aureliano Buendía escribió a sus familiares momentos antes de ponerse frente al pelotón de fusilamiento, un gesto de gracia al que se acogieron miles de condenados a muerte por el franquismo cuando se encontraban en capilla, a pocas horas de ser ajusticiados por el único delito de haber combatido en las filas republicanas.

Solos o en compañía, con la única perspectiva de la muerte próxima, los presos abrían sus corazones para despedirse de sus seres queridos, para pedirles que no los olvidaran nunca, para recordarles que morían por la libertad, para rogarles que a sus hijos les enseñaran que sus padres habían sido hombres buenos. Muchos de ellos apenas sabían escribir o se expresaban con dificultad. No importaba, había que dejar constancia del amor hacia los suyos, dejarles un último recuerdo. Como hizo Cándido Mañana, un maquis que en 1951 -el franquismo, por mucho que algunos se empeñen, siguió asesinando hasta el final- fue condenado a garrote vil. En una breve carta remitida a Charín Benita el mismo día de su ajusticiamiento, dice:

"Querida Charin
hoy dia 20 Me allegado
la hora de Muril
No suf[r]a por mi
nena) muchos besos
ato dos de mi parte
un abrazo y un recuer
do) Para siempre
de tu

Candido Mañana"

P.D.: Gracias a Raquel Miranda, por abrir su archivo familiar y facilitarme este sobrecogedor testimonio, uno más, de los crímenes franquistas.

martes, 13 de julio de 2010

Robert Capa


Son casi tres centenares de fotografías en las que están retratados algunos de los momentos más dramáticos y cruciales del convulso siglo XX. Instantáneas que nos hablan de camaradería, esperanzas, convicciones políticas, luchas personales, sueños de revolución, pero también de banderas rotas, sufrimientos, dolor, exilio y, por supuesto, muerte. Como la de ese miliciano abatido por las balas rebeldes en el Cerro Muriano. Icono universal que simboliza también la derrota definitiva de la Segunda República española. Imagen imborrable de nuestras memorias con la que podremos reencontrarnos, desde el 14 de julio hasta el 5 de septiembre, en la Sala Goya del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Aquella foto mítica lleva la firma de Robert Capa, seudónimo de un supuesto fotógrafo de guerra norteamericano tras el que se ocultaban Gerda Taro y su compañero Endre Friedman. Ambos cubrieron como fotoperiodistas la Guerra Civil, de la que nos dejaron una colección de testimonios gráficos que destilan una gran profesionalidad, así como un claro compromiso con la causa republicana. Tras la accidental muerte de Gerda, arrollada por un tanque durante la batalla de Brunete en 1937, Friedman tomará el testigo en solitario de aquel nombre falso, utilizado para conseguir vender con mayor facilidad sus trabajos, y con el tiempo se convertirá en el más importante y famoso de los fotógrafos de guerra. Como a Gerda, la muerte lo sorprende en lo que parecía ser su territorio natural: los escenarios bélicos. Una mina estalla a su paso en Thei Binh, Indochina, cuando acompañaba a una patrulla francesa. Corría la madrugada del 25 de mayo de 1954.

No importa que muchas de las imágenes expuestas -se incluyen algunas inéditas hasta la fecha- las hayamos visto reproducidas cientos, miles de veces. El tiempo ha quedado congelado, con toda su crudeza, en los rostros de los milicianos convencidos de la victoria, en esos marineros que tratan de divertirse en un momento de pausa en el combate, en las miradas de terror ante la proximidad del bombardeo o en las interminables hileras de derrotados que se encaminan hacia el exilio. Ellos son los verdaderos protagonistas de esta doble muestra: Gerda Taro / This is War! Robert Capa at Work (¡Esto es la guerra! Robert Capa en acción).


miércoles, 23 de junio de 2010

¿Olvidar? No



"Quien honra a sus muertos, se honra a sí mismo", reza en la entrada de algunos cementerios. Y, sin embargo, en España, todavía hay muchos que se empeñan en que esa leyenda no se cumpla, impidiendo a millares de familiares de asesinados por el régimen de Franco que, más de setenta años después de acabada la Guerra Civil, puedan recuperar los cuerpos de sus seres queridos y darles un último adiós. Argumentan, cínicamente, que abrir fosas e identificar a las víctimas sólo sirve para reabrir viejas heridas, como si las únicas cicatrices estuvieran del lado de los vencedores, que, por si fuera poco, durante cuarenta años pudieron honrar a sus muertos, mientras se reservaba a los vencidos el silencio, la humillación, la venganza, el sufrimiento, la represión.

Se cuentan por miles los españoles que deben ser rehabilitados. Se cuentan por miles las familias que siguen confiadas en que algún día les sean devueltos los restos de sus abuelos, padres, tíos y hermanos. Y mientras llega ese esperado momento, mientras la vergüenza se cierne sobre un país que desprecia la memoria individual de tantos y tantos ciudadanos, queda el consuelo de pronunciar los nombres de los desaparecidos, de los paseados, de los fusilados. No hay que renunciar a ese derecho. Gritemos sus nombres uno a uno junto a las tapias de los cementerios en donde un pelotón acabó con sus vidas, en las cunetas, en los campos, en las simas, donde cobardemente fueron asesinados. Allí donde se sepa que alguien permanece enterrado, arrebatado a los suyos, digamos bien alto su nombre y sus apellidos. Honrémoslos, porque entonces nos estaremos honrando a nosotros mismos y haciendo justicia. Y sigamos luchando para recuperar sus restos, para que en cada uno de esos lugares de infamia, un memorial, una placa, un monumento los rememore y nos devuelva a todos su recuerdo.

viernes, 11 de junio de 2010

Pilar Méndez

Pilar Méndez acudía en días alternos y laborables al Centro de Día del Hospital Clínico de Madrid. Allí pasaba varias horas junto a algunos afectados por demencia senil o Alzheimer. Un infarto cerebral había dañado sus capacidades motoras y requería -¡a su edad!- un nuevo aprendizaje que le permitiera recuperar las habilidades perdidas. Era una mujer pequeña, consumida, que no perdía nunca la sonrisa, un gesto que marcaba, aún más, un rostro afable señalado por el tiempo y por unos años juveniles que a más de uno le habrían llevado a la desesperación pero que a ella la convirtieron en una luchadora irredenta. Viéndola mientras trataba de enderezar, con dificultad el paso, agarrada a unas barras que le servían de guía, tan frágil, era difícil imaginarse cómo habría logrado sobrevivir a tanta maldad.
Pilar había estado casada con un destacado cuadro del Partido Socialista, sindicalista de Artes Gráficas, que permaneció en Madrid combatiendo contra el fascismo y aguantando la leyenda del “No pasarán” junto a otros miles de ciudadanos. Al terminar la guerra y con la derrota a cuestas, tuvo que ocultarse para no ser cazado por quienes, camisa azul y pistola al cinto, se habían hecho los amos de las calles. Y en las últimas filas de un cine de barrio, ambos hallaron el único lugar en el que alimentar su amor. Allí, aquel obrero temeroso conoció a su segundo hijo, que había nacido en su ausencia. Y en la oscuridad de aquella madriguera, aprendió a adivinarlo, a quererlo. Pocos meses después, fue apresado, conducido ante un tribunal militar, condenado a muerte y fusilado en las tapias del Cementerio del Este.

Y como no había límites para el escarnio, a la viuda la echaron del pequeño piso que ocupaba la familia. Para mantener a los pequeños, se ocupó como limpiadora –y este importante detalle lo repetía con insistencia- en una casa de citas. Todo con tal de no separarse de unos hijos a los que educó en el respeto a los demás y en el cariño a un padre ausente al que habían asesinado por sus sueños de un mundo mejor y más libre para todos. Nunca pronunció una palabra de rencor, de odio.
Un día, su hija llamó para anunciar que Pilar no volvería ya al Centro de Día. El corazón le había jugado una mala pasada mientras dormía la noche anterior.

martes, 1 de junio de 2010

Max Ariel

Me viene a la memoria su imagen de hombre derrotado, postrado como estaba en la cama de un hospital de las afueras de la ciudad, de un sanatorio casi olvidado en un mapa que nadie consultaría porque hasta allí sólo eran trasladados quienes habían sido desahuciados por el Sistema Nacional de Salud, los incurables para los que las multinacionales del medicamento no habían patentado aún remedio alguno, con ese rostro perfilado, adivinatorio, de quien está siendo devorado desde dentro por su propio cuerpo, sin apenas fuerzas para repetir, otra vez más, su historia, la historia de quien en un tiempo ya distante se sintió triunfador, arrastrado por la euforia colectiva, por la emoción de la victoria de sus semejantes de clase pero que, en apenas unos pocos años, muy pocos, comenzó un peregrinar que lo llevó, primero, a atravesar a pie la frontera junto a interminables riadas de compatriotas que trataban de huir de la barbarie, de un frío helador y de una muerte segura e incomprensible por absurda, luego a combatir en un ejército y en una guerra que le eran ajenos y, al final del cansancio bélico, a regresar con la esperanza de que se hubiesen olvidado de él o de que su rostro no fuera reconocido por cualquiera en la pequeña ciudad de provincias en la que decidió refugiarse a sabiendas de que la delación era un acto que los nuevos gobernantes, usurpadores de un poder que se había hecho añicos por las bombas y por las rencillas internas, celebraban con felicitaciones y prebendas para el chivato y mano dura, cuando no balas, para el acusado de traición.

La suerte, tan esquiva hasta entonces, le sonrió durante años, los que pasó en aquel pueblo alejado del trajín de la capital, de la que prefirió mantenerse alejado para evitar, así, los evidentes riesgos de tentar a un destino que, en ningún caso, se pondría de su parte, aunque para ello debió hacer de la renuncia una virtud y prescindir de todo aquello que lo hacía feliz, como acudir a una de aquellas salas en las que, en una oscuridad interrumpida demasiadas veces por un acomodador que se jactaba de lucir uniforme y gorra por su condición de excombatiente mutilado en un acto de servicio a la Patria, a Dios y al Caudillo, podía poner sus recuerdos en un orden que la memoria, tantas veces aliada, ahora se resistía a aceptar de buen grado, y él, un poco antes de que aparecieran sobre la pantalla las palabras The End, salía presuroso, casi como si huyera, por temor a ser reconocido por cualquiera de aquellos espectadores, igual de miserables que él, pero esperanzados con la posibilidad de hacer un servicio al nuevo orden y ser recompensados generosamente.

La última vez que lo visité en aquella habitación desprovista de afectos, Max Ariel ya se anunciaba como un cadáver, apenas un hilo de voz salía de una garganta tan castigada por el tabaco como por la enfermedad y, sin embargo, alcanzó a pedirme que me llevara la maleta que durante semanas había permanecido bajo la cama, motivo de queja diaria por parte de unas mujeres que renegaban de aquel objeto ya inservible que les importunaba al realizar sus cotidianas tareas de limpieza –“¿por qué no la tira a la basura, si usted ya no la va a necesitar? ¿O acaso quiere llevársela consigo cuando visite a San Pedro?”- en el que él había guardado lo más preciado de aquel pasado al que acudía una y otra vez, sin descanso, como si trayéndolo al presente recuperara las fuerzas juveniles ya demasiado lejanas.

No he querido abrir aquel objeto de cuero raído y color indefinido que a él lo acompañó durante años y que yo decidí guardar en el fondo de un armario tan pronto llegué a casa, de vuelta del hospital, para impedir que su contenido acabara por hacerme creer que Max Ariel y yo teníamos un lazo afectivo más allá del que se adquiere cuando uno es, simplemente, el encargado de alimentar a los que se agarran inútilmente a la vida, a pesar de que el diagnóstico médico no deja lugar a dudas ni especulaciones.