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lunes, 24 de diciembre de 2012

Danays Bautista

Habitualmente uno no sabe dónde y cuándo se topa con la suerte. Porque suerte y no otra cosa es haber conocido a la cantante y compositora cubana Danays Bautista. Una mujer cuyo tesón, voluntad, persistencia y alegría resultan tan desbordantes que ridiculizan mucho (o casi todo) de lo que hacemos a diario y por lo que nos preocupamos banalmente. La mayoría la recordará por haber sido portada hace un par de años, cuando un vagón de metro le cercenó un brazo y las ilusiones de seguir tocando la guitarra. Pero ella no es fácil de doblegar y por eso cuando tenía cinco años y otro trágico accidente le hizo perder la vista, no hubo quien acabara con el empeño y los deseos de dedicarse en cuerpo y alma a la música, a esos sonidos que en su isla natal llenan la existencia cotidiana y a los que ella se agarró para mandar un mensaje de optimismo y gritar a quien quisiera oirla que no se iba a rendir nunca.

Cuando alguien como ella se aferra a la vida con tanta energía, cuando repite una y otra vez que sigue aqui, a pesar de su infortunio, para regalarnos un puñado de canciones interpretadas desde lo más hondo, no nos queda otra que bendecir la suerte de compartir con ella unos pocos momentos y entender que la suerte es tan subjetiva como la realidad que afrontamos cada día.

lunes, 12 de marzo de 2012

Benjamín Escoriza

Hay noticias que te sacuden como lo haría un puñetazo en pleno rostro. Y así lo ha hecho la de la muerte de Benjamín Escoriza, ese maestro de la rica música mestiza de la Península Ibérica, ese hombre de sonrisa perenne y voz rotísima, que no perdía nunca el ritmo, porque había nacido con él, aunque por momentos nos pareciera inaudible,  que he recibido de quien ha escrito su necrológica para El País. No voy a proclamar aquí que éramos amigos, porque es incierto. Tampoco que habíamos hablado recientemente, porque sería mentir. Y es absurdo que me enorgullezca de que su teléfono móvil aparece en mi lista de contactos.

Pero sí que tuve la suerte de conocerlo gracias a mi oficio -¿profesión?- de periodista. Lo entrevisté para la  ya extinta Batonga! y me concedió una interpretación de La Tarara en un pequeño local, aunque yo era el único espectador. Luego tuve la ocasión de compartir momentos inolvidables en Fuerteventura, con motivo de una de las ediciones de Fuertemúsica!, festival que reunió por una noche a Radio Tarifa. Y alguna que otra vez me lo encontré en las cercanías de la SGAE, seguramente porque había ido a registrar los temas de sus trabajos en solitario.

De él me quedan recuerdos, la sorpresa que le produjo la sobria belleza de la isla a la que exiliaron a Unamuno, o la invitación que me hizo para que disfrutara de una paella a cambio de queso majorero, de la que nunca hice uso. Cuando hoy he recibido la fatal noticia, un pensamiento me ha venido inmediatamente: "¡Maldita sea, siempre se mueren los mejores!" Y he pensado en aquella persona generosa que se mostraba tal cual era, porque le daba igual quién estuviera enfrente. ¿Qué le habrá cantado a la muerte cuando lo vino a visitar este pasado sábado?, me pregunto.

domingo, 17 de julio de 2011

Doble rasero

(@EFE)
No deja de sorprenderme el cinismo y la doble moral con la que se manejan los dirigentes del Partido Popular. Actitud a la que, dicho sea de paso, nos tienen muy bien acostumbrados. Desde que el juez de la Audiencia Nacional Pablo Ruz ordenó el pasado 1 de julio la entrada y registro en la sede de la SGAE y la detención de varios de sus directivos, incluido su presidente ejecutivo, Eduardo Bautista, el PP se volvió un poco más vocinglero de lo normal y, aplicándose al refrán de "a río revuelto, ganancia de pescadores", dio por sentado que la culpabilidad de los imputados era evidente y propuso que, para evitar futuros desmanes, lo mejor era suprimir el canon digital, hacer desaparecer la Sociedad de Autores, crear una agencia pública de control y otras muchas medidas más, ancladas todas ellas en la demagogia, habiendo como hay un Código Penal aplicable a los delitos que investiga la Audiencia Nacional. 

El problema es que a Rajoy y a los suyos el recientísimo auto del magistrado José Flors, que sienta a Francisco Camps en el banquillo y le impone una fianza de 55.000 euros, los ha cogido con el mazo dando pero poco despiertos. Y ahora, donde dije digo, digo Diego y pelillos a la mar. Porque lo suyo sería dar por culpable al presidente valenciano, proponer la desaparición de la Generalitat y crear un organismo que controle a quienes puedan caer en la tentación de vestirse por la patilla. Pero lejos de esto, no sólo proclaman la presunción de inocencia -a la que, por cierto, tiene todo el derecho- que negaron a otros, sino que además hablan de maquinación policial y complot gubernamental. "Cosas veredes, amigo Sancho". 

Y dejo para otro día a la legión de columnistas, opinadores y charlistas que se lanzaron a condenar por adelantado a Teddy Bautista y ahora se abonan cobardemente a la teoría de la conspiración. A esto llamo yo doble rasero y falta de coherencia intelectual.

Como decían nuestro mayores, "no es lo mismo tocar, que levantarse a abrir". 

jueves, 14 de julio de 2011

Linchamiento bochornoso

(@Enrique Cidoncha)

Nunca he creído en los juicios paralelos que los medios de comunicación llevan a cabo en cuanto se inicia una investigación/proceso judicial, ni en las condenas sin sentencia judicial que emiten, dadas las consecuencias personales/morales/públicas para las personas implicadas en las mismas. Ahí están los recientes casos de DSK o Marta Domínguez.

Viene esto al caso por la repugnancia que me ha producido mucho de lo que he leído o escuchado estos días a raíz de la puesta a disposición judicial de Eduardo Bautista y otros tres directivos de la tan denostada Sociedad de Autores. Tanto tiempo llevaban esperando la foto del ex de Los Canarios saliendo de la Audiencia Nacional que, una vez conseguida, se lanzaron a denostar su figura hasta límites lamentables. Tal era el rechazo que su figura había despertado en ciertos sectores que se celebró su detención como si se hubiera llevado ante el juez al mayor criminal de la historia de España. Del aquelarre participaron, en santa y extraña hermandad, los autoproclamados representantes de la comunidad de internautas -a los que nadie ha nombrado democráticamente y que siguen ocultando la procedencia de los fondos que los alimentan-, los indignados, la derecha extrema mediática con su fiel infantería –que diría José María Izquierdo-, entre otros coyunturales compañeros de viaje.

No sólo no han esperado a que el juez dicte su fallo –condenatorio o no, eso ya se verá-, sino que para sostener sus argumentos contra el hasta hace un par de días presidente ejecutivo de la SGAE, además del insulto, se han amparado en su carácter supuestamente colérico y antipático –como si esto fuera un agravante- o, simplemente, como hizo La Gaceta de los Negocios, niegan hasta su brillante y exitoso pasado musical. Parece que se estuviera reproduciendo la trama de El extranjero, de Camus.

Ante este tsunami mediático en contra, han sido muy pocos –habas contadas- los que se han atrevido, públicamente, a expresar con contundencia la inocencia de Eduardo Bautista o a reclamar sin peros su presunción, si exceptuamos a Andrés Calamaro –al que le cayó una buena tunda twittera por tal osadía- , a Antonio Gala -agradecido por el reciente reconocimiento que recibió en los Premios Max celebrados en Córdoba- o a Juan Cruz, a quien, por tierra, mar y aire, no le ha importado partirse la cara por el amigo, ahora expuesto al escarnio y a la arena del circo.

Como comentaba un compañero de El País, del que reservo su identidad para evitarle una avalancha de insultos seguramente anónimos, en estos días hemos asistido a un “linchamiento abominable”. Bochornoso.

P.D.: Para las mentes más suspicaces, este comentario personal va mucho más allá de la relación laboral que durante estos últimos años he mantenido con Eduardo Bautista.


sábado, 22 de enero de 2011

"No escribas más"

(@lavozdigital.es)
Conocí a Fernando Santiago en 2009, después de que publicara una tribuna de opinión en la que, demostrando una absoluta valentía y unas grandes dosis de atrevimiento, no tuvo reparos en defender a la SGAE en un momento en que la entidad de gestión, a raíz de cobrar por un concierto benéfico en Almería, era sometida a un auténtico linchamiento mediático. Durante la conversación que mantuvimos me comentó que estaba embarcado en los preparativos de la conmemoración del bicentenario de la proclamación de la libertad de prensa por las Cortes de Cádiz, que se celebró en 2010. Hoy leo, con estupor, que este periodista ha sido agredido por un energúmeno al que, al parecer, molestaban sus artículos periodísticos y los comentarios que hacía en su blog. No satisfecho con golpearlo, el agresor se atrevió también a espetarle "¡No escribas más!", como si con ese grito amenazador pudiera acabar con quien, desde la presidencia de la Asociación de la Prensa de Cádiz, se ha erigido en un firme defensor de la libertad de expresión y de la función crítica de los profesionales de la información. Quizás ese individuo quiso emular a Millán-Astray y su célebre "¡Muera la inteligencia!".

Lamentablemente, los ataques a periodistas no se limitan a países cuyos regímenes políticos socavan los derechos fundamentales, como ha venido denunciando Reporteros Sin Fronteras. Aunque se trate de un hecho aislado, parece que en España algunos siguen creyendo que las palabras se acallan a puñetazos, que la razón se conquista a golpes, que con el ejercicio de la fuerza se pueden silenciar las voces independientes. 

Fernando, desde aquí, mucho ánimo y una pronta recuperación, porque el periodismo necesita de gente  como tú.

martes, 11 de enero de 2011

El demagogo tecnológico

Hace algunas semanas dediqué una entrada a Juan Carlos Ibarra, después de su paso por un foro en Badajoz. Entonces me referí a su demagogia tecnológica, sustentada mayormente en la idea de que Internet nos permite el acceso, a golpe de clic, a millones de obras de creación, sin necesidad de pagar a los autores de esos libros, canciones, películas o videojuegos descargados, dado que, por encima del derecho  de los trabajadores de la cultura a ser retribuidos por su trabajo, está el supuesto acceso universal al conocimiento, una red libre y neutral y la mayor de las libertades de expresión. La simpleza argumental empleada entonces, unida a ciertas gotas de populismo facilón, reaparece, pero esta vez por escrito, en un artículo aparecido en el diario El País.

Las ideas esgrimidas por el expresidente extremeño son, como digo, pocas y de un simplismo insultante. Y en ellas insiste. De un lado están los buenos, esto es, los jóvenes internautas que contribuyen, navegando y descargando a su antojo, al avance tecnológico y el progreso de la Humanidad, así, en mayúsculas. Del otro están los malos, esto es, los creadores, la industria y las entidades de gestión, que se limitan a reclamar lo que es suyo, es decir, una justa retribución por el trabajo creativo realizado y descargado impunemente a través de las ADSL, en lo que no es más que un claro ejercicio de saqueo. Y entre medias está este señor, deslumbrado por la luz de las pantallas de ordenador, haciendo gala de una ingenuidad extraordinaria -o quizás de una mayúscula  malicia- cuando olvida a quienes se están forrando de lo lindo con el esfuerzo ajeno, llámense operadoras de telefonía, TIC o páginas de enlaces.

Y hay quien ha calificado alguno de sus artículos de padrenuestro [sic] de  la realidad. ¡Válgame dios!

viernes, 17 de diciembre de 2010

Hasta siempre, maestro

Un grupo de hombres rompe en llanto en cuanto aparece el féretro a las puertas de la Sociedad de Autores. Y, entre lágrimas, con los rostros marcados por un dolor irreprimible, suben a hombros, casi a rastras porque aún no se lo creen, los restos mortales de alguien a quien querían, por el que sentían una profunda admiración, además de un gran cariño, hacia una sala, habituada a las presentaciones, a las celebraciones, y ahora convertida en improvisada capilla ardiente, en donde se masca el sufrimiento por una pérdida inesperada, injusta e incomprensible como su propia muerte, como la propia muerte. Y comienza el desfile de ciudadanos, muchos de ellos conocidos, la mayoría anónimos, no pocos compañeros de profesión, algunos oportunistas, como ocurre siempre que el fallecido es popular, que quieren dar su último adiós al que les dio algo inolvidable mientras vivía. Da igual qué les regaló, si esa ofrenda les colmó, si los hizo mejores. El cante desgarrado, la  poesía  engrandecida por la jondura. Él, que buscaba la estrella que le guiara para meterla muy dentro de su pecho, la encontró en el camino para que le iluminara el último paseo. Él, que persiguió la verdad y huyó de los odios, de las mezquindades. Él, que también quiso ser llorando el hortelano, el compañerico del alma, a quien dolía el aliento. Él, que fue voz del pueblo. Él, que como Ignacio, murió cuando apuntaban las cinco de la tarde. Él, único, como arrancado de una pena, nos volvió más infelices esta semana. No necesitó marcarse una vidalita, una malagueña o una soleá para hacernos llorar. Bastó con que se marchara y nos dejara, huérfanos, con el recuerdo de su voz, de su desgarro. Ahora, nadie nos regalará ya un pequeño vals vienés, ni tampoco unos tangos de la vida, ni unos versos de Lorca o Hernández. Nos dijo que prefería la muerte, pero no era cierto, porque fue más amigo de los tientos que de los silencios. Tendrá que haber un camino...y en él volveremos a encontrarlo. Hasta siempre, maestro. Hasta siempre, Enrique.