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viernes, 7 de enero de 2011

Periodismo sin fronteras

Desde hace algunos años, en época de belenes, turrones, despreocupaciones, tarjetas de felicitación, abetos, polvorones, comidas familiares, loterías y cestas, Reporteros Sin Fronteras (RSF) presenta su balance anual sobre el estado de la libertad de prensa en el mundo. En 2010, los datos sobre el ejercicio del periodismo en el mundo, aunque mejores que en 2009, siguieron ofreciendo una realidad incontestable y desalentadora: en muchos lugares del planeta, tratar de ofrecer una información libre e independiente a la ciudadanía supone, en muchos casos, que el profesional acabe en la cárcel o, sencillamente, asesinado. Según esta organización, creada en 1985, el pasado año la vida de 57 periodistas fue cercenada por quienes no estaban dispuestos a que se conociera la verdad, a que se hicieran públicos ciertos hechos o datos, a que ciertas investigaciones o denuncias salieran a la luz. En el mismo periodo, 51 reporteros fueron secuestrados, 535 detenidos y más de 1.300 agredidos o amenazados. Pakistán, Irak y México son, por este orden, los lugares más violentos para los que utilizan, como herramienta de trabajo, la palabra o la imagen. 

Y mientras en un buen número de países -probablemente en la mayoría- hay quienes se juegan el pellejo a diario porque saben que son testigos esenciales y que con su labor están garantizando el derecho de todos a la información, aquí hay quienes prefieren mirar para otro lado cuando la rueda de prensa se convierte en comparecencia ("¿para qué preguntar?", se dirán, si ya tienen las notas con la versión oficial) o, peor aún, utilizar la libertad de prensa para, sencillamente, escupir, crispar e insultar a los que no piensan como ellos, a los que discrepan, a los que se limitan a tener una opinión diferente. 

La libertad de prensa no exige héroes ni mártires, pero sí un ejercicio responsable y ético que algunos parecen haber olvidado. Al menos por aquí.

domingo, 24 de octubre de 2010

Wikileaks


Hace algunos años, cuando investigaba con Mirta Núñez los crímenes del franquismo en los archivos militares, nuestra reclamación de causas judiciales era despachada a menudo con un rotundo no, que se justificaba en la supuesta salvaguarda de la intimidad de los familiares de los represaliados (que eran precisamente los más interesados en conocer la verdad de lo ocurrido a sus parientes), aunque a quienes de verdad querían proteger era a los descendientes de quienes formaban aquellos tribunales de guerra (todos ellos pertenecientes al ejército), a los que no temblaba el pulso cuando de sentenciar a muerte se trataba. 

Ahora escucho una excusa muy similar de los responsables políticos y militares de  Estados Unidos a raíz de las filtraciones de Wikileaks sobre la guerra sucia, las matanzas y los abusos de los derechos humanos perpetrados en Irak por las tropas norteamericanas e iraquíes y por los mercenarios de Blackwater. Ni el Pentágono ni el Departamento de Estado hablan de investigar los hechos, de llevar a los culpables ante la justicia o de reparar de alguna manera el daño causado. Ni mucho menos se les ha oído pronunciar la palabra perdón. Se escudan en la seguridad nacional y en la protección de las vidas de  estadounidenses y de sus aliados.

Me pregunto, mientras leo con espanto los horrores ahora puestos al descubierto por la web de Julian Assange, qué estará pensando aquel que una vez regresó a España con acento tejano y que no dudó en poner una franca sonrisa para la famosa foto de las Azores, aunque en aquel momento se estuviera poniendo en juego la vida de miles de seres humanos.