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miércoles, 3 de agosto de 2011

#MadridsinPapa

Cualquiera diría que Benedicto XVI le ha cogido el gusto a esto de venir a España a recordarnos que somos la reserva espiritual de Occidente, a pesar de lo agresivamente laicos que somos los ciudadanos de este país, según dijo hace apenas unos meses, con motivo de su anterior paseo por estas tierras. De lo que sí estoy seguro es que no viene a hacer acto de contricción por las bendiciones de la Iglesia a los crímenes del franquismo o por los actos de pederastia de algunos de sus sacerdotes. Lástima, porque de otro modo habríamos pensado que su visita no incluiría, como hacía su antecesor y repitió él mismo, un rapapolvo al Gobierno socialista por impío y defensor de normas contrarias a esa moral cristiana que en los últimos tiempos aflora con más fuerza que nunca.

Lo que sí me sorprende es el empeño de algunos, especialmente de ciertas autoridades autonómicas, en destacar los beneficios económicos de la presencia papal. Y yo que pensaba -¡ingenuo de mí!- que las ventajas de las religiones no se alcanzaban en este mundo de pecadores, sino que las recibiríamos una vez convertidos en polvo. Ya nos dirán, imagino, quiénes son los destinatarios de esos cien millones en positivo en que cifran la celebración de la JMJ 2011.

Y por si no fuera poco con inundar de santidad la ciudad de Madrid durante unos días, parece que en el Parque del Retiro los remos, los títeres, las echadoras de cartas, los vendedores de chucherías y globos tendrán una férrea competencia con los dos centenares de confesionarios portátiles que se instalarán en este espacio público, convertido en lugar de peregrinación, lamentaciones, arrepentimientos y perdones.

Vuelvo a recomendar, para contrarrestar los efectos narcotizantes de tanto incienso, la lectura de La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo. Eso,  o desaparecer del mapa y cerrar los ojos a la avalancha mediática que se avecina.

domingo, 31 de julio de 2011

Hartazgo

(@Sergio Parra)
"Sensibilidad cristiana" es el eufemismo tras el que se parapetan los ultramontanos, empeñados en ejercer  la censura allá donde lo consideran y en no dejarnos vivir en libertad. Una expresión que emplean los ultracatólicos para justificar su fanatismo religioso. Cualquier motivo es bueno para hacer gala de su intolerancia, ya sea una exposición de fotos, una ley, una película o una obra de teatro. Nada escapa a la inflexibilidad de quienes se creen en posesión de la verdad y del dogma. La última hazaña de estos irrespetuosos ha sido provocar la retirada de una fotografía de Sergio Parra en la que aparece el actor Asier Etxeandía caracterizado como Jesucristo minutos antes de salir a escena, circunstancia que, de paso, ha provocado la dimisión de la directora del Festival de Mérida, Blanca Portillo

No hace tanto tiempo la diana de sus envenenados dardos fueron Leo Bassi y el rector de la Universidad de Valladolid, acusados de ofender esa tan traída sensibilidad católica al representar una parodia de Benedicto XVI en el paraninfo de la ciudad castellana. Y antes les tocó el turno a otros. Ahí está el caso de Íñigo Ramírez de Haro y Me cago en Dios, que levantó una innecesaria polvareda hace ya algunos años y que dio una desmedida publicidad -como ocurre siempre- a un mediocre texto dramático. O cuando frente a los cines Alphaville de Madrid se congregaban estos entusiastas creyentes, con Blas Piñar a la cabeza, a rezar el rosario, mientras en la sala se proyectaba la anodina y superflua Yo te saludo, María, de Jean-Luc Godard.

Esto no ha hecho más que empezar. A medida que se acerque la fecha de la JMJ, que amenaza con convertir Madrid en agosto en una ciudad insoportable, tendremos nuevas muestras de estas eufemísticas expresiones. ¡El verano que nos espera! Que a todos nos coja confesados o, en el mejor de los casos, con  La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo, entre las manos. 

martes, 29 de marzo de 2011

Leo Bassi

Uno no puede dejar de tener la impresión de que, en esta España en que vivimos, aún quedan quienes, si por ellos fuera, nos devolvían tan gustosos a las cavernas. Su fanatismo es tal que no toleran -¿cómo van a tolerar cualquier cosa estos intolerantes?- ninguna manifestación que consideren contraria a sus principios, a sus creencias, a sus convicciones políticas o religiosas. La última hazaña de estos cavernícolas ha sido denunciar al actor Leo Bassi y al rector de la Universidad de Valladolid, Marcos Sacristán, por supuestos delitos contra los sentimientos religiosos cometidos durante una parodia de Benedicto XVI celebrada en octubre de 2010 en el paraninfo castellano. Ahí es nada. Con la Iglesia hemos topado...una vez más. 

Lo peor no es que haya gente como HazteOir.org o la Asociación Estatal de Abogados Cristianos, los denunciantes, sino que el Juzgado de Instrucción número seis de Valladolid haya admitido a trámite la querella. Al final, los que pedían desde días después de la representación medidas contundentes contra estos herejes se pueden salir con la suya. Todo un ejemplo de transigencia. Y, qué casualidad, los ofendidos son siempre los mismos. Cuando no es a Garzón, le toca el turno a Leo Bassi. Habrá que escuchar y leer en las próximas horas a esos que José María Izquierdo engloba dentro de lo que llama "la infantería" lanzando sus venenosos dardos contra el cómico y el rector. 

Ya uno duda de que el escritor Fernando Vallejo se niegue a venir a España por el asunto de los visados que se exige a los ciudadanos colombianos y comienza a creer que, en el fondo, lo que teme es caer en manos de uno de estos jueces carpetovetónicos, después de haber publicado ese irreverente La puta de Babilonia