miércoles, 29 de septiembre de 2010

Recordar

(@liberales.be)
A su paso por España, donde acaba de publicar un nuevo libro, Viaje de ida y vuelta, el novelista húngaro  György Konrád ha dicho que "el deber de un superviviente es recordar. Y si es escritor, más. Hablar por los que ya no pueden hablar". Recordar, como hicieron Primo Levi, Elie Wiesel, Imre Kertész, Jean Améry (nacido Hans Mayer), Viktor Klemperer, Boris Pahor, Shlomo Venezia, Jorge Semprún y tantos y tantos otros que se agarraron a la escritura como lo habían hecho a la vida para no sucumbir a la barbarie. Recordar para sobrevivir, aunque alguno no pudiera convivir con el recuerdo constante del horror y se le hiciera insoportable llevar consigo la culpa de haberse salvado. Recordar para que quienes fueron exterminados no quedaran definitivamente en el olvido y continuaran viviendo en la memoria colectiva y no sólo familiar. Recordar para que lo ocurrido no volviera a suceder, aunque la realidad ha sido más terca y nuevos episodios de genocidio han vuelto a producirse.

Y recordar y hablar, como recomienda György Konrád, es lo que hizo la comisaria europea Viviane Reding hace muy poco, escandalizada por las deportaciones de gitanos ordenadas por el Gobierno de Nicolas Sarkozy, al que recordó que en Francia, durante el Gobierno colaboracionista de Vichy, en plena Segunda Guerra Mundial, se confinó a los gitanos en campos, como el de Saliers, y se les desterró sabiendo el destino que les esperaba.

Recordar y hablar....

lunes, 27 de septiembre de 2010

Burguillos del Cerro

Hace unos días recibí la llamada de un vecino de Burguillos del Cerro, provincia de Badajoz. Según me contó aquel desconocido, identificado como Manuel Lima Díaz, en el listado que figura en Consejo de guerra. Los fusilamientos en el Madrid de la posguerra (1939-1945), que escribí y publiqué con Mirta Núñez Díaz-Balart en 1997, aparecen dos vecinos de su pueblo, ejecutados en septiembre de 1939 en las tapias del Cementerio madrileño del Este, hoy de La Almudena. Quería saber si conocía más detalles de aquellas muertes o si tenía conocimiento del expediente judicial que contemplaba su caso. Y me habla de una compañía, integrada por burguillanos, que, hecha prisionera, fue pasada por las armas en la Sierra de Madrid. 

Desde hace siete años, Manuel Lima trata de documentar la brutal represión desatada tras la toma de su localidad por las tropas golpistas. Al parecer, en aquel entonces Burguillos era una población de unos 6.000 vecinos, de los que 500 fueron asesinados por el nuevo orden (¡uno de cada doce!). Y Manuel Lima me dice también que hace muy poco tiempo han conseguido abrir una fosa, en el  cercano Salvatierra de los Barros, en la que hallaron los cadáveres de cuatro fusilados. 

A pesar de los años transcurridos desde la muerte del dictador, el estudio de la represión franquista transcurre muy lentamente, gracias exclusivamente al empeño de las familias de las víctimas y el esfuerzo voluntarioso de investigadores que, como Manuel Lima, continúan topándose con numerosas dificultades para desarrollar su trabajo, como si todavía hubiese demasiada gente empeñada en que no se conozca lo sucedido en aquellos oscuros años. Lamentablemente, queda todavía demasiado tiempo para que veamos concluido el mapa de la violencia ejercida contra los ciudadanos por el régimen salido de la victoria militar de 1939.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Kim Thúy

(@Benoit Levae)

Kim Thúy es una escritora tardía. A una edad, 39 años, a la que la mayoría de autores han entregado ya al público más de un título e incluso han consolidado su carrera, ella decidió adentrarse en el universo de la literatura y probar con la ficción narrativa. Tres décadas después de que abandonara Vietnam junto a su familia, en una arriesgada travesía que definitivamente la llevó a Canadá, país de acogida del que dice sentirse parte integrante -"me pertenece como persona, no soy una exiliada,  ni una inmigrante, soy una hija de Canadá"-, ha realizado una prospección en su memoria, un viaje a los recuerdos personales que, de un modo voluntariamente desordenado, ha depositado en su opera prima, Ru. 

Un debut literario que no ha nacido de la necesidad de curar viejas heridas, que no ha perseguido efectos paliativos. Kim Thúy ha dejado fluir momentos, en algunos casos insignificantes, que creía olvidados, ha desempolvado historias, tan imperfectas como la naturaleza humana, que esperaban una pequeña oportunidad para aflorar a la luz y convertirse en algo vivo. Y han sido las palabras, cada una con su peso, su color, su textura e incluso su olor, las que han devuelto a la vida esas imágenes que ahora nos regala, que ya nos pertenecen como lectores.  

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Azul serenidad

Si la muerte pudiera pintarse de algún color, quizás habría que emplear el azul serenidad. O eso es lo que nos sugiere el novelista Luis Mateo Díez, sacudido en un corto periodo de tiempo por dos muertes inesperadas en la familia. Él ya nos tenía acostumbrado a escucharle hablar de desapariciones, cuando nos llevaba de la mano y nos abandonaba en el mágico territorio literario de Celama, tan poblado de muertes, tan abundante en ausencias ficticias. Pero en esta ocasión no se trataba de ficción, sino de la dolorosa realidad que tan a menudo nos sacude, provocando un auténtico estrépito en nosotros. Porque ahora, el escritor leonés ha sentido la necesidad de rememorar a sus muertos familiares, a los que pertenecen a nuestra vida, a la cercanía más afectiva de lo que somos.

Desde la desolación de esas muertes avasalladoras, cuando el paso del tiempo ha dejado un momento de sosiego o quizás mejor habría que decir de sereno desasosiego, Luis Mateo Díez construye una emoción de ausencia que remite a un dolor apacible, a un sufrimiento tolerable. 

La muerte pertenece a nuestra condición de seres humanos, es irremediable, nos recuerda el novelista, por si alguno de nosotros en su soberbia se cree capaz de triunfar sobre ella cuando haga su definitiva aparición y  reclame lo que le pertenece, esto es, la vida, que tan poco se puede entender. Dos caras de una misma  moneda para las que no hallamos entendimiento. "La muerte no se entiende porque la vida es lo único que tenemos, no existe otra propiedad en la naturaleza de lo que somos", leemos. Aunque para las que hay que hacer un gran esfuerzo de comprensión. Al menos para esas muertes que, por sorpresa,  rompen nuestra costumbre de vivir. 

No se trata de olvidar, sino de devolver a la memoria, aunque el sufrimiento haya sido, en algunos momentos, insoportable. Porque se puede recordar en la dimensión más beneficiosa, como ha hecho él al recurrir al efecto curativo de la literatura y regalarnos un último y bellísimo libro: Azul serenidad o la muerte de los seres queridos. Al referirnos sus muertos cercanos, que acaban siendo los nuestros, nos vienen de vuelta los que de verdad nos pertenecen, generando ese rumor de ausencia que hemos aprendido a escuchar y con el que convivimos serenamente.

domingo, 19 de septiembre de 2010

¡A la mierda!


En los meses siguientes a mi llegada a Madrid -justo un día antes del histórico triunfo del PSOE en octubre de 1982- asistí a numerosos conciertos que siempre concluían del mismo modo: todos los artistas participantes subían al escenario para interpretar junto a José Antonio Labordeta el Canto a la Libertad, unánime himno de reivindicación y lucha. Era el momento catártico esperado por todos los asistentes. La victoria socialista había generado un ambiente de euforia política y de esperanza. Había muchas causas que defender y otras tantas veladas musicales que organizar en torno a ellas. Y allí estaban, incansables, siempre dispuestos, Labordeta, Quintín Cabrera -que nos dejó hace unos meses-, Víctor Manuel, Luis Pastor y otros que, como ellos, reclamaban un mayor protagonismo del pueblo en la todavía frágil democracia. 

José Antonio Labordeta era todo un símbolo. Representaba el compromiso con los valores  democráticos aprendidos y defendidos en el antifranquismo. Las banderas de la libertad aún no habían sido desgarradas, rotas por el desengaño, como se lamentaría después en una bellísima canción. De él aprendimos -quizás porque en la  vida pública siguió ejerciendo la tarea pedagógica del profesor de Historia que fue- que hay que defender con firmeza, contra viento y marea, los principios en los que creemos. La renuncia a las convicciones es una derrota de la que es difícil sobreponerse.

Por eso, cuando desde el estrado del Congreso de los Diputados pronunció la ya célebre exclamación "¡A la mierda!", muchos nos sentimos identificados con él. Terco, sí. Cascarrabias, seguro. Entrañable, por encima de todo. 

Se nos mueren los mejores, pero nos queda su legado. Gracias, José Antonio, por ese puñado de canciones, poemas, textos y, sobre todo, por las enseñanzas morales de las que podemos seguir disfrutando. 

sábado, 18 de septiembre de 2010

Periodismo valiente

(@Gulf News Archive)
En estos días, el diario Público da cabida en sus páginas a un informe por entregas del periodista británico Robert Fisk titulado La masacre invisible. En él, el veterano corresponsal denuncia, desde el rigor investigador, una tragedia que apenas se refleja en la información cotidiana de los medios de comunicación: los asesinatos salvajes y vergonzantes de miles de mujeres a manos de sus familias por  cuestiones de honor. Una tragedia a la que el propio Fisk se refiere como "un crimen contra la humanidad". Según Naciones Unidas, la cifra mundial de víctimas anuales asciende a 5.000. Otras fuentes multiplican por cuatro esa cantidad. 

Este reportaje, sustentado sobre una investigación de casi un año de The Independent, me reconcilia con un tipo de periodismo cada vez más escaso, casi ocasional y anecdótico en la actividad diaria de prensa, radio y televisión. Como me devolvió la ilusión hace unas semanas la extraordinaria serie sobre los agujeros negros del planeta -Bangladesh, Haití, Gaza y República Centroafricana- publicada en el mes de agosto por El País. 

Sin embargo, desde hace ya bastante tiempo, lo que se lee, escucha y ve responde a un ejercicio profesional muy pagado de sí mismo, agarrado a la autocomplacencia y el autobombo, más cómodo con las comparecencias que haciendo preguntas, más preocupado por ser altavoz de las ocurrencias de los políticos que por realizar análisis profundos, más interesado por las aventuras de cama de famosas y famosos que por los problemas y dificultades de la ciudadanía, abonado al insulto en lugar de al respeto y la ética. Nada que ver con el periodismo crítico, inquisitivo, denunciante, incómodo con el que soñaba cuando era joven y que forjó mi vocación. ¿Sería una quimera reclamar su vuelta?

jueves, 16 de septiembre de 2010

Laboratorios de creación

(Cristino de Vera, Madrid, 2009)

El estudio de un artista plástico es un espacio sagrado. Un templo en el que se rinde culto a la belleza. El laboratorio en el que tiene lugar una de las más maravillosas experiencias alquímicas: la transmutación del espíritu del creador en obra de arte. Allí es donde la nada adquiere forma. Quizás estas circunstancias expliquen por sí solas la curiosidad y el interés que los talleres de pintores, escultores y artesanos han despertado siempre. Quien penetra en ellos quisiera descubrir dónde se esconde la magia, dónde habitan las musas que inspiran el arte. 

La fotografía nos ha brindado la oportunidad de conocer el lugar en el que Rodin modelaba el mármol, las paredes entre las que Picasso convivía con su propio genio, la habitación en la que el atormentado Giacometti concebía algunas de las esculturas más extraordinarias de todos los tiempos, el universo en el que Rothko se enfrentaba al vacío o la ventana por la que Morandi y los objetos que formaban parte de sus bodegones recibían la luz del exterior.

En los últimos años, el fotógrafo canario Nacho González Oramas ha ido profanando, con su cámara, los recintos mágicos de un total de sesenta artistas de las Islas. Todos ellos abrieron sus puertas y permitieron que este inquieto profesional se adentrara en sus territorios creativos, en su intimidad, y los inmortalizara  en compañía de sus útiles de trabajo: caballetes, telas, paletas, pinceles, botes de pintura, fuego... Cada uno de ellos frente al objetivo y junto a la soledad con la que, a diario, conviven y que les es tan necesaria para concebir y dar a luz cada pieza.

Gracias a Nacho González sabemos algo más de los secretos que tan celosamente han guardado Cristino de Vera, Martín Chirino, Felo Monzón, César Manrique, Pedro González, Juan Bordes, Miguel Panadero o José Antonio García Álvarez. La serie de instantáneas, que ha reunido bajo el título genérico de Espacios de creación, se expondrá durante un mes -del 23 de septiembre al 23 de octubre- en la sede de la Fundación Canaria Mapfre Guanarteme (La Laguna, Tenerife). Arte al desnudo, sin artificios.