miércoles, 15 de septiembre de 2010

Jan Hendrix


Al igual que aquellos naturalistas -como Joachin Jungius, John Ray o Carlos Linneo- que recorrieron el mundo para observar, estudiar, clasificar y dibujar todas las variedades de plantas que encontraban en sus expediciones, para que el resto de los mortales tuviera conocimiento de ellas, el holandés Jan Hendrix (Maasbree, 1949) ha viajado por diferentes lugares para completar su personal cartografía de la naturaleza, aunque no con fines científicos y sí artísticos. 

En el entorno que le rodea ha encontrado la fuente de inspiración. Contempla y toma nota de unas formas vegetales que recrea a posteriori en sus creaciones, ya sean intervenciones arquitectónicas, esmaltes, metales recortados, dibujos o grabados. Los motivos de sus obras nos son familiares: hojas, troncos o ramas que, en unos casos, refleja con la exactitud del botánico pero que, en general, convierte en composiciones abstractas creadas a partir de los detalles, de los fragmentos, de convertir una pequeña parte -que muchas veces nos cuesta identificar- en el todo.

Hendrix, que nos reconcilia con la naturaleza a través de la belleza, regresa a Madrid con una nueva serie -Work Done #1-, que se podrá ver en la galería La Caja Negra, en la que ya ha expuesto con anterioridad, desde el 16 de septiembre.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Pederastia S.L.

Leo a Juan Cruz que "lo inolvidable es lo que hiere" y que no lo cura el tiempo, ni lo sella el olvido. Entonces pienso en las imborrables heridas que perviven en las víctimas de los curas pederastas de Boston, Irlanda, Alemania y, según hemos sabido ahora, Bélgica; en las huellas que persisten en esos cuerpos, una vez inocentes, lastimados por la lascivia de los predicadores católicos que no dudaron en servirse de su privilegiada posición, en sacar partido de la confianza de las familias, en aprovecharse de la debilidad y fragilidad de miles de niños y niñas para abusar de ellos, para dar rienda suelta a sus más bajos instintos. 

Y se me ocurre que esos delitos son inolvidables, no sólo para quienes los padecieron, a quienes habría que haber dado toda la ayuda necesaria para que sus vidas no continuaran siendo el infierno en que las convirtieron aquellos desalmados, sino que también deben serlo para las sociedades en que se cometieron. Y que no pueden ser sellados ni por el tiempo, ni por su prescripción penal, ni por el propio olvido en el que la Iglesia Católica ha tratado de mantenerlos a lo largo de décadas, ni por las reparaciones económicas con que desde el Vaticano se ha querido resolver la vergüenza de la institución religiosa. 

Y trato de encontrar en las hemerotecas manifestaciones públicas de arrepentimiento, de ese propósito de enmienda que proclaman desde los púlpitos. Pero nada, tan sólo hallo silencio cómplice, ocultación, gestos que trasladan a las víctimas el sentimiento de culpa. Y me pregunto por qué las investigaciones se inician cuando los delitos ya han prescrito, cuando muchos de quienes sufrieron el daño ya han muerto -cuando no se han suicidado, como hemos conocido que sucedió en Bélgica-. Y también me interrogo por las instituciones públicas que debían haber velado y protegido la integridad de esos niños y esas niñas que tuvieron la desgracia de caer en las manos equivocadas, pero que prefirieron mirar para otro lado. 

No, hay cosas que, aunque hieran, no deben ser selladas por el olvido. Y hay delitos que, por mucho tiempo que transcurra -siempre inferior al que requiere el olvido-, deben ser juzgados y castigados.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Estampas de refresco (16)

(Madrid, 2005)

Las estatuas humanas, como la de este banderillero que trata de atraer la atención de quienes caminan por las cercanías de la Plaza Mayor de Madrid, desde una inmovilidad que sólo interrumpe con un disimulado gesto para agradecer las monedas que los paseantes depositan en el pequeño cuenco que tiene junto a ese pedestal de pega sobre el que está subido, me devuelven, como si fueran espejos, el mismo sentimiento de tristeza que experimentaba cuando, siendo niño, presenciaba los números circenses de los payasos. No recuerdo que aquellos personajes, que tanto alboroto provocaban entre mis compañeros y los pequeños desconocidos, que aparecían ataviados con grandes abrigos, llamativas camisetas y zapatones de colores, que tropezaban a cada instante para dar con sus huesos en la arena, hicieran escapar una sonrisa de mis labios, quizás porque el excesivo maquillaje, detrás del que se escondía una falsa expresión de felicidad, llevaba consigo los padecimientos de una profesión que mi mente infantil, más pendiente de la aparición de domadores y fieras, imaginaba llena de sinsabores y desengaños.

Han pasado algunos años desde que esta estatua humana -una expresión desafortunada, pues reduce a su protagonista a la condición de cosa-, banderillas en ristre, fuera inmortalizado en una postura que, seguramente, los más ortodoxos seguidores del toreo tilden de ridícula por imposible. Pero nuestro subalterno no tiene a un bravo animal que le haga temer por su vida, ni tiene que rendir cuentas a ningún matador ni a los exigentes tendidos. A lo mejor, ya ha decidido jubilarse y cada día, en lugar de regresar al tajo, a enfrentarse a las muchas burlas de los viandantes, que también las había junto a las escasas monedas, pasa las horas al sol, sentado en el banco de un parque público, ajeno a la polémica que el parlamento catalán generó prohibiendo las corridas de toros, porque en realidad a él nunca le gustó eso que algunos llaman fiesta nacional y el traje de luces lo adquirió en un mercadillo, a muy buen precio, como también pudo haberse hecho con el de centurión romano o el de califa cordobés.   

jueves, 9 de septiembre de 2010

Realidad catódica

Durante la lectura de Mi amor desgraciado, última novela de Lola López Mondéjar, me topo con la reflexión de una de sus dos protagonistas: "Constato que pertenezco a la última generación ilustrada. A partir de nosotros, de un nosotros impreciso que sitúo entre los míos, los jóvenes han dejado de amar el conocimiento, de sentir curiosidad por un pasado que no les interesa". Y continúa el personaje contando que ha conocido a un fotógrafo, cuyo trabajo es muy novedoso e interesante, que no ha oído hablar nunca de Robert Capa o Henri Cartier-Bresson, ni tampoco parece que le preocupe mucho su desconocimiento.

Muy a menudo tengo la misma impresión que ha experimentado esa mujer de ficción. Te encuentras con jóvenes, muchos de ellos universitarios, inmersos en su realidad catódica, en su paraíso audiovisual, del que han expulsado lo que consideran más tradicional por inservible, a los que no preocupa saber nada más allá de su presente más inmediato. Que rechazan las lecturas. Que crean, cuando lo hacen, al margen de referentes, como si no hubiera existido, hasta ahora, el tipo de manifestación artística que practican, como si a nadie anteriormente se le hubiese ocurrido la idea que plasman, como si todo fuera original a partir de su intervención, de su aparición en este mundo. Se comportan como paracaidistas llegados de un espacio sin ataduras con el pasado, del que se desvinculan a cada instante, para que no se les relacione con él. 

¿Originalidad? ¿Rebeldía generacional? Difícil saberlo.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Capitan Swing

De un tiempo a esta parte, el panorama editorial español se ha poblado de pequeños sellos que, sin las servidumbres de las grandes marcas, obligadas al acierto y al éxito constantes de sus lanzamientos para mantener inmensas estructuras empresariales, se permiten publicar algunas joyas que, de otro modo, sin su atrevida irrupción en el mercado, continuarían durmiendo el sueño de los justos. Y, sin embargo, ahora están en los estantes de las librerías para ser degustadas por los lectores. En esas recuperaciones, en esos, en ocasiones, auténticos descubrimientos hay, quizás, si utilizáramos un símil culinario, mucho de gourmet, de delicatessen, frente a la comida rápida de las firmas tradicionales. 

Una de esas nuevas aventuras editoriales, a la que en otro momento ya nos referimos aquí por la edición de un opúsculo de Stefan Zweig, Américo Vespucio, está devolviendo a la actualidad textos de clásicos como August Strindberg (Pequeño catecismo para la clase baja), Émile Zola (La bestia humana) o Thomas Mann (Consideraciones de un apolítico), a los que ha sumado la autobiografía de un antiesclavista (Vida de un esclavo americano, de Frederick Douglass) o ese maravilloso y mítico testimonio narrativo sobre la guerra civil y el exilio que es la serie de los campos de Max Aub (por el momento ha aparecido Campo cerrado).

Capitán Swing, esta editorial, nos deleita ahora con dos títulos en un volumen de la narrativa alemana: La Pícara Coraje, de H.J. Grielshausen, una novela picaresca, aderezada de grandes dosis de burla, sátira y humor, que transcurre en tiempos de la Guerra de los Treinta Años, y Encuentro en Telgte, de Günter Grass, que, como hiciera Bertolt Brecht en Madre Coraje y sus hijos, se inspira en las divertidas andanzas de aquella peculiar mujer de la que el Premio Nobel de Literatura dice que es inconstante y vitalista, "sin hijos pero con imaginación, frágil y pendenciera, en faldas loca por los hombres, en pantalones varonil, malgastadora de su belleza, digna de ser compadecida y amada". 

Me permito recomendarlas, conjuntamente, como salen ahora, o por separado, si fuera posible encontrarlas en alguna librería de lance.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Stephen Hawking


Asisto entre atónito y molesto a la tormenta -amplificada en los medios de comunicación de todo el mundo- que ha causado el anuncio de la próxima publicación de The Gran Design, último libro de Stephen Hawking, en el que, al parecer, el físico británico (Oxford, 1942) descarta que Dios creara el Universo, como se nos ha venido repitiendo por algunas religiones desde hace siglos. Desconozco cuántos de los tertulianos, comentaristas, editorialistas y otros istas mediáticos, así como científicos y líderes religiosos, que se han apresurado a saltar al ruedo como si les hubiesen puesto ante los ojos un pañuelo rojo, se han leído esta obra de apariencia divulgativa. Supongo que muy pocos, por las sandeces expresadas sin rubor alguno y por la poca consistencia de los argumentos utilizados para, en general, atacar -más que desmontar intelectualmente- las tesis de Hawking, convertido en nuevo anticristo y  moderno hereje. Otra vez, el eterno debate ciencia vs. fe.

La reacción más airada ha partido, como no podía ser de otro modo, de las distintas iglesias y de sus sectores afines, que no han esperado a tener entre sus manos el ejemplar para manifestar que todo responde a un evidente ejercicio publicitario coincidiendo con la visita apostólica de Benedicto XVI a Inglaterra y Escocia a partir del día 16 de septiembre, que la existencia de Dios está fuera de toda duda, que detrás de la formación del cosmos se encuentra la presencia divina, etc., etc. Toda una andanada que, más que nada, parece la reacción o la pataleta a una verdad cada vez más incontestable: el aumento del número de descreídos. Lo de los seis días y el séptimo de descanso convence cada vez menos. 

Y yo, iluso, pensaba que desde que Nietzsche pronunciara -o a lo mejor no y es una mera atribución sin fundamento- su célebre "Dios ha muerto", esta afirmación se daba por válida. La realidad, una vez más, me desmiente. 

jueves, 2 de septiembre de 2010

Shlomo Venezia

La literatura concentracionaria, tan extensa en testimonios biográficos, es escasa en relatos personales sobre uno de los aspectos más oscuros del Holocausto: la actuación de los Sonderkommandos, esto es, el modo de proceder de quienes, integrando comandos especiales en los campos de exterminio nazi, tenían la abominable tarea de ayudar a los deportados destinados a la muerte a desvestirse y hacerlos entrar en las cámaras de gas, de donde después recogían los cadáveres para trasladarlos a los crematorios o a las fosas. Si apenas hay confesiones al respecto se debe a que los alemanes asesinaban a los miembros de los Sonderkommandos cada cierto tiempo para borrar a los testigos más directos de la barbarie. La expresión empleada por los verdugos era "transferir", eufemismo de eliminación, de crimen y un ejemplo más de la nazificación del lenguaje en aquella época -estudiada por otra víctima de aquel sistema, Victor Klemperer, en su magnífico La lengua del Tercer Reich-. 

De ahí el valor de una confesión honesta, Sonderkommando, de Shlomo Venezia, judío griego de origen sefardí -su familia en Salónica hablaba ladino-, deportado a Auschwitz junto a los suyos en abril de 1944. El libro es una larga entrevista de Béatrice Prasquier a Venezia, en la que éste cuenta en primera persona su infancia y juventud en un barrio pobre, las dificultades para sobrevivir en la miseria, la ocupación nazi de Grecia y su confinamiento en Auschwitz-Birkenau, el gran complejo ideado por los alemanes  para exterminar a sus enemigos, especialmente a  los judíos. Sus palabras, sus recuerdos son sobrecogedores, cualquier pasaje conmueve por su crudeza. Una experiencia traumática, sobre la que tuvo el valor de hablar hace poco tiempo, pero que no pudo verbalizar hasta los años noventa, varias décadas después de la liberación. 

Cualquier página resulta dolorosa por lo que en ella se rememora: los miedos de quienes habían sido seleccionados, las miradas de horror de los condenados, los minutos de espera mientras el gas hacía su trabajo, el olor pegajoso que salía de las chimeneas y todo lo impregnaba... Pero yo me quedo con las frases con la que concluye su testimonio por el profundo dolor y el tormento que transmiten: "Todo me devuelve al campo. Haga lo que haga, vea lo que vea, mi espíritu regresa al mismo lugar. Es como si el 'trabajo' que tuve que hacer allí no hubiera salido nunca, realmente, de mi cabeza.... Nunca se sale realmente del Crematorio". 

Sobra cualquier otro comentario, salvo recomendar este valiente y sincero texto.